Noche de San Juan

Sufriendo una año más la noche de San Juan, a toda esa gente llenando la playa, con montones de madera para quemar en grandes hogueras que subirán unos cuantos grados la temperatura de la noche, de esta maldita noche que se repite cada año, invariablemente. Dentro de poco empezarán a actuar los grupos musicales que este año han sido invitados a tocar en el escenario que han montado en el paseo marítimo y con ellos llegará el ruido. Una furiosa mezcla de ritmo y contaminación acústica inundará todos los rincones de este pequeño pueblo, cada día más insoportable y más invadido por la fauna más variada de todo tipo de impresentables. Y yo permaneceré en mi casa, escribiendo líneas como ésta en la pantalla del ordenador, sin saber si no sería mejor dejar de apretar tanta tecla, ponerme los pantalones y salir a patear el ambiente festivo y hasta quizá hacer fotografías de todas esas personas siguiendo una antigua tradición de purificación a través del fuego y del sexo, del agua y del alcohol, de la luna y de las drogas, del amor y de la desesperación; aunque después todo acabe resumiéndose en intentar follarse a algo o alguien. Unos lo consiguen y otros no. Hay purificación o no la hay. Unos follan y otros se tienen que contentar con cascársela, odiándose un poco más que hace una horas por ser tan feos o tímidos. De todas maneras, dicen que lo importante es participar, intentarlo, aunque todo termine en una simple masturbación sobre la húmeda arena de la playa, oliendo unas bragas perdidas por cualquier despistada, con el olor de su excitado sexo aún adherido a ellas y encontradas, por casualidad, en el momento más álgido del clímax producido por la auto estimulación  genital y con los primeros rayos del sol iluminando, tenuemente, los esparcidos restos de la noche, las vomiteras soltadas en cualquier parte del paisaje matinal. Voy a salir a dar una vuelta.

Dietario de San José

imagen146.jpg

Ayer, un día tranquilo, como cualquier otro día por aquí. Eso me hace pensar que mis sueños son menos sosegados que mi vida cotidiana, a tenor de la manera que últimamente aparece la ropa de mi cama al despertar, toda revuelta. Lo malo es que nunca me acuerdo de lo soñado y esto me lleva a la conclusión de que pierdo una parte importante de la vida, aquella que transcurre en otra dimensión, quién sabe si más o menos real que ésta, a la que tanto me apego. Lo cierto es que va por ciclos, unas veces me acuerdo y otras no. Puedo tirarme una semana entera recordando los sueños diariamente, pero súbitamente dejo de recordarlos y pasa un tiempo bastante considerable hasta que vuelvo a recordarlos al despertar. Por lo general los periodos en los que no me acuerdo son mucho más extensos que los que sí recuerdo. Mi amnesia onírica se ve que está asentada en sólidos cimientos.

Como dije antes, ayer fue un día tranquilo. Me levanté, desayuné y me lancé a la calle. El sol invitaba a pasear, a sentir sus rayos sobre la piel al lado del mar, fumando un cigarrillo y pensando que se va a hacer durante el resto del día. Después fui hasta el Bla-bla-bla, donde vi a mi brasileña favorita -ha regresado-, a tomarme un café con María Jesús y a intercambiar opiniones carentes de importancia. Volví a mi casa, preparé la comida y continué leyendo en el porche, al resguardo del sol que ya caía a plomo como si estuviéramos en verano. Resulta agradable leer oyendo el trinar de los pájaros como único sonido que llega hasta tus oído, aunque tiene su lado negativo: también puede inducir al sopor. Por eso cerré el libro y me encaminé hacia el estanco, a comprar el tabaco que fumo, Ziggy de liar. Ir hasta el estanco es toda una caminata, dado que queda en la otra punta del pueblo y hay que salvar unos cuantos desniveles que pronto ponen a prueba las desentrenadas piernas. Opté por el camino más agreste, aquel que te lleva por la playa y el roquedal, entre calas y calas que van sucediéndose en la más absoluta soledad. No contesto con todo ello, después de comprar el tabaco seguí caminando, dejándome guiar por lo maravilloso del día, subiendo hasta lo más alto del pueblo, para rodearlo por ese camino en la montaña desde el que se contempla a vista de pájaro toda la bahía. El mar estaba cristalino, invitaba a sumergirse en él.

Resultado de todo ello: que regresé a casa, continué leyendo a Robert Musil y que a las agujetas del brazo derecho -la noche anterior me había masturbado tres veces, en escaso margen de tiempo y en pleno afán experimentador- se habían venido a unir unas tremendas agujetas en mis gemelos. Y es que, en el fondo, tanta tranquilidad me vuelve sedentario, asquerosamente sedentario y hasta tal vez un punto onanista. Al fin de al cabo, todo es arbitrario.

Poco después leí que hay varias manías respecto a comentar la obra de uno mismo:

– Tener que justificar lo que se hace además de escribirlo

– Justificar si es o no es autobiográfico.

Estoy de acuerdo con ambas.

Reblog this post [with Zemanta]