Soltar la mente

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¡Adiós!, invierno. Soltar la mente, no tener nada en ella, ni siquiera las palabras que escribiré a continuación, en un cuaderno verde, con cierre de goma elástica.

Una pausa en los pensamientos, un salto hacia ese vacío que se forma ante mí, como si los agujeros negros sólo fueran una fuente de continua incógnita, de fiel desasosiego.

Aunque el invierno acabe hoy el cielo continúa gris, se masca la tristeza del ambiente, ese ámbito de ilusiones rotas que permanecen atenazadas en los corazones fríos. Quiero encerrarme en casa y reencontrarme con mis amigos de las hojas escritas, con los que me hablan desde la creación de otro ser, que plasmó sobre unas cuantas hojas en blanco, para que gente como yo las leyera en estas tardes de profunda perturbación emocional.

Bernardo Soares debería de acompañarme esta tarde. Descorcharíamos una botella de absenta y juntaríamos nuestras angustias vitales hasta tocar el fondo del vaso con nuestra rota conciencia de ermitaños de saudades y de ocasos verdosos como el reflejo de nuestras lágrimas interiores. Y más allá el mar, el reflejo de las gaviotas sobre las agitadas aguas salinas que muerden la arena como único sentido a la inconsciencia de la vida vista desde abajo, desde el único punto de vista posible en la última tarde del invierno.

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El maldito pez naranja

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El maldito pez naranja, con rayas blancas, no dejaba de mirarme boquiabierto desde la pantalla del ordenador. Sus ojos se posaban sobre los míos con esa quietud propia de los hipnotizadores de serpientes. El puto pez acrecentaba la incerteza de mí. Volví a dar una vez más al botón del play y el murmullo del cantarín arroyo del secreto del bosque empezó a sonar, lobotomizándome una nueva zona del cerebro, como fondo musical a tan desconcertante mirada; tenía otros ochenta minutos para tratar de resolver si la culpa la tenía él (el pez) o yo mismo, por dejarme hipnotizar tan absurdamente en el manso discurrir de la noche, en este escurrirse de mi yo trascendente en los farisaicos ojos de mi ya entrañable amigo branquiado. El desconcierto se había instalado definitivamente en mi vida nocturna. Ya nada me impediría dedicarme a leer en las próximas noches Los Miserables, de Víctor Hugo. Se acabaron los absurdos remordimientos. Supuse que por el mismo motivo hasta sería capaz de leer el Vanity Fair; sólo era cuestión de esperar a ver como se iban desarrollando los acontecimientos futuros.

Spring on

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Siempre con el jazz encima, con ese puto saxo que no me deja pegar ojo en toda la noche. Y después está el sonido de tus berridos o ese ir y venir de una habitación a otra. Quiero notar tu ausencia. Sí, quiero ver como desapareces en medio de la nada, convirtiéndote sólo en un molesto recuerdo, en un resto de basura más  sobre la mesa, junto a los mordidos bordes de la pizza y las latas aplastadas de cerveza. Después dicen que el amor existe, que la primavera avanza. Los chinos tienen sus rollitos de primavera, no necesitan amor. Y yo tengo mis agridulces coñitos de primavera, ¿me puedes decir para qué te necesito?

Tres mares

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Actualmente navego por tres mares ya surcados en anteriores momentos de mi vida. Los tres han venido a confluir en mí, con escaso margen de diferencia, como si una necesidad los hubiera convocado hacia mis manos con una especial urgencia o como una causalidad que deberé tratar de adivinar entre sus páginas, enlazando unas con otras, perdiéndome entre ellas, abstemio de mí mismo.

El primero en llegar hasta mis manos ha sido El libro del desasosiego. Me he instalado entre sus páginas y de vez en cuando acompaño a Fernando en alguno de sus paseos por la Baixa, mientras camina entre extrañado y atónito por sentirse acompañado por un vecino peninsular del siglo XXI. Juntos nos perdemos, silenciosamente, por los ensombrecidos malecones próximos a la rua da Alfandêga y miramos, con un deje de nostalgia crepuscular, hacia esas ventanas desde las que fluye la luz hogareña de las lámparas recién encendidas, mientras nosotros vagamos en busca de respuestas imposibles o de ilusiones apagadas. De regreso a la rua dos Douradores siempre hay tiempo para compartir en cualquier vieja tasca, de mosaicos blancos ennegrecidos por el humo del tabaco, unos vasos de verde absenta. Y contentos por ello, cerramos los ojos y soñamos que estamos viviendo lo que sólo es un sueño. Y en nuestro ensoñar aparece Pavese, convocado por el entrechocar de nuestros vasos y el estimulante alcohol, con su El oficio de vivir asomando por el holgado bolsillo de su vieja chaqueta de pana. Junto leemos a la luz de las velas, en una desvencijada mesa de la taberna, entre acordes de guitarra y lamentos de fado, esas páginas que una y otra vez han de conducirle hacia su suicidio, como si algún castigo de los dioses le hubiera condenado al agobiante y eterno mito de Sísifo. Y nos repite con mirada turbia y voz aguardentosa que el único modo de huir del abismo es mirarlo y medirlo y sondearlo y bajar a él. Todo lo demás, quizás, sólo sea fantasía.

Al salir fuera, la brisa del Tajo se ha extendido sobre la calle. Pavese, desolado, se despide de nosotros, vuelve nuevamente a sus páginas, de donde dice que no debería de haber salido. Una náusea recorre su cuerpo, una ráfaga de viento borra su gesto impotente. La noche cae sobre nosotros. Pavese desaparece, como el sonido de un poema sofocado por la distancia, entre la negrura del horizonte. A este hombre le dolía la vida tanto como a mí, dice Fernando, mirando hacia el estupor del vacío. El ronco sonido de la sirena de un navío le hace girar el rostro hacia las aguas del río, intuyéndolas desde la distancia como asimismo me intuye a mí. Le sigo hasta su portal y permanezco afuera, observando como desaparece, peldaño a peldaño, en la gastada escalera de madera que le conduce hacia su otra vida, la del cuarto de los espíritus.

El tercer mar que surco lo conforma otro Fernando, en esta ocasión, Sánchez Drago, con su Gárgoris y Habidis, Una historia mágica de España, de la que él mismo dice: En este libro trato de maestros, licántropos, rosacruces, tesoros bajo tierra e insignias pitagóricas. Sin duda, grata compañía para estos días de lluvia

Llueve sobre el agua gris

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El recuerdo de ciertas sensaciones me impulsa a escribir, sentado en el sosiego de mi habitación, como si realmente hubiera abandonado el momento presente para asentarme –mitad real, mitad sueño- en el pretérito de esas sensaciones aprehendidas en mi interior, quizás por un olor repentino, por el eco de una música o por la visión de una imagen que me lanza, instantáneamente, a ese otro mundo del ayer; abro su puerta, penetrando en su repentino misterio. Afuera, en la calle, continúa la lluvia. Esa misma lluvia que cae desde la mañana. Lluvia constante que equilibra el día y los recuerdos, el gris del cielo y la nostalgia. Al fondo, la ciudad inexistente, el largo puente que une ambas orillas, desde la altura, sobre el también gris de las aguas.

El chorro cósmico

Sergis blog

Fotografía: sergis blog

La habitación olía a tabaco. Me levanté de la cama y fui hasta la ventana. A pesar del frío de la mañana abrí por completo una de sus hojas. Una ráfaga de aíre fresco y gélido entró en el interior del cuarto. Por unos segundos inspiré profundamente, asomado a la cegadora claridad del nuevo día. Un violento golpe de tos me empujó rápidamente hasta el refugio que había formado bajo las mantas, a esa especie de matriz artificial que había ido tejiendo, en el transcurso de la noche, en mis horas de sueño. Cogí una botella de whisky que había en el suelo y bebí un trago directamente de ella. Unos regueros de whisky corrieron por mi barbilla. Dejé de toser y el calor pareció volver a mi cuerpo. Miré el reloj y vi que sólo eran las nueve y media de la mañana. El sonido de unos petardos estallando en el silencio me dio a entender que la gente ya andaba por la calle haciendo el imbécil, a pesar de ser Año Nuevo. ¿A quién podía estimularle estar tirando petardos a las 9.30 de la mañana en Año Nuevo? Volví a dar otro trago directamente de la botella.

Al otro lado de la cama Paola seguía durmiendo, ajena al estallido matutino, con una respiración pesada, entre estertor y ronroneo gatuno. La contemplé por un instante hasta que logré recordar como era que había acabado en mi cama. Metí la mano libre que me quedaba bajo las mantas y recorrí con ella sus cálidas nalgas durante un buen rato, hasta que noté una erección lo suficientemente intensa como para intentar cabalgarla así como estaba, boca abajo. Mientras deslizaba la polla entre su tibia raja del culo iba besando su cuello, sus mejillas, la comisura de sus labios entreabiertos. Paola soltó un breve gemido y me abrió paso, con un simple movimiento, al interior de sus entrañas. Un perro ladró, asustado por el sonido de los petardos, mientras yo seguía balanceándome cada vez más dentro de su angosto orificio, sintiendo la extraña magia de unas vísceras calientes alrededor de una verga dura. Mis movimientos se convirtieron como las olas del mar, que entraban el la fina arena de la playa para retirarse de inmediato y nuevamente volvían sobre esa arena, horadando su superficie, para volver a retirarse; así indefinidamente, creando el ritmo del propio universo, en continua expansión e implosión. Explote dentro de ella, como explota un mar de estrellas, a chorros cósmicos, mientras mis manos apretaban su vientre jadeante.

Me separé de su nalgas y de su espalda, recostándome contra el cabecero de la cama. Paola sonrió apenas unos instantes y continúo durmiendo plácidamente. Volví a coger la botella y a dar un trago de ella, el líquido volvió a rebosar de mi boca, cayendo por el mentón. Alargué el brazo hasta la mesilla, cogiendo de ella el primer libro que encontré: “Elogios de la madrastra”, de Vargas Llosa. Me puse a leer a la luz de la mañana y pensé que a pesar de todo, la vida valía la pena de vivirse, como escribió don Mario hace ya algún tiempo, en un año diferente a este.

Luces de Tokio

Sábado, 21 de noviembre de 2009 00:35 h.

Miro el presente y veo un gran vacío. Apenas me quedan inquietudes. Curioso microrrelato, sin duda. La vida no tiene banda sonora, sólo canciones sueltas que nunca llegan a entrelazarse. Diríase que no tengo una meta clara a la que dirigirme y menos aún que cruzar. Sin expectativas y con ninguna certeza.

22:45 h.

Suena Madredeus, “O mar”. Leo a Haruki Murakami, “La caza del carnero salvaje”. ¿Cómo me sentiría en Japón? Caos, espiritualidad, lentitud, detallismo, asombro, incomprensión… Cierro los ojos e imagino el contraste entre su naturaleza y sus ciudades, entre el orden y la quietud de los jardines japoneses y el desquiciante ritmo de sus calles con esa infinidad de carteles luminosos danzando hipnóticamente ante los ojos de los viandantes. Siento una especie de vértigo en mi interior, una angustia vital que me hace suponer que allí tampoco lograría encontrar la razón última de mi existencia. También sospecho una inmensa soledad en mitad de una intensa lluvia, en un atardecer cualquiera de otoño, con mi imagen reflejada en un charco que también muestra, a su vez, los anuncios luminosos, de vivos colores, que van apagándose y encendiéndose a la velocidad de la luz, junto a mi gesto de profunda vacilación.

Pero para leer a Murakami, lo mejor es escuchar un buen disco de Jazz, como por ejemplo: “Steamin’”, de Miles Davis Quintet. Se diría que se complementa perfectamente con la forma de narrar de Murakami.