El maldito pez naranja

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El maldito pez naranja, con rayas blancas, no dejaba de mirarme boquiabierto desde la pantalla del ordenador. Sus ojos se posaban sobre los míos con esa quietud propia de los hipnotizadores de serpientes. El puto pez acrecentaba la incerteza de mí. Volví a dar una vez más al botón del play y el murmullo del cantarín arroyo del secreto del bosque empezó a sonar, lobotomizándome una nueva zona del cerebro, como fondo musical a tan desconcertante mirada; tenía otros ochenta minutos para tratar de resolver si la culpa la tenía él (el pez) o yo mismo, por dejarme hipnotizar tan absurdamente en el manso discurrir de la noche, en este escurrirse de mi yo trascendente en los farisaicos ojos de mi ya entrañable amigo branquiado. El desconcierto se había instalado definitivamente en mi vida nocturna. Ya nada me impediría dedicarme a leer en las próximas noches Los Miserables, de Víctor Hugo. Se acabaron los absurdos remordimientos. Supuse que por el mismo motivo hasta sería capaz de leer el Vanity Fair; sólo era cuestión de esperar a ver como se iban desarrollando los acontecimientos futuros.

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2 comentarios en “El maldito pez naranja

  1. En tus noches se instala el desconcierto, en las mías el concierto del insomnio, si quieres leemos a medias Los miserables y después hacemos una puesta en común de crítica literaria ;). El Vanity se me hace duro… Un beso Javier y no te escurras mucho.

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