Olor sexual

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Me gusta el olor fuerte, sexual, de algunas mujeres. Es como si la naturaleza entera lanzara un aullido salvaje en mis ingles. La bendición del deseo se apodera de mí, repentinamente, sin aviso previo. Ese olor va penetrándome y entonces escribo y escribo en mi mente miles de páginas, me pongo nervioso y mi mano vuela sobre imaginarios renglones que relleno con todos esas inutilidades absurdas que después sonarán a canción de lluvia, a órganos sexuales copulando junto al fuego de una hoguera. Sí, en momentos así, sólo soy una glándula sexual que escribe y describe el ritual del acoplamiento, ese movimiento cósmico que a todos arrastra hacia la locura momentánea, hasta ese punto donde el tiempo se funde con el más completo abandono visceral, en una especie de perpetua línea recta.

El intenso olor de Cornelia llegaba hasta mí en esos instantes, en los que ella estaba limpiando mi casa después de mi regreso de Madrid. Ese olor, junto a la corta bata que apenas la cubría, estaba llevándome hacia un completo estado de excitación mental y físico. La observaba subida en la pequeña escalera, limpiando entre los libros de la estantería, mientras la bata subía y bajaba, dejando entrever, por unos gloriosos instantes, sus redondas nalgas con principios de una inminente celulitis, que le añadía un punto más de morbo a la escena que estaba sucediendo a escasos metros de mis ojos. Tampoco escapó a mi escrutadora mirada el sujetador, que reposaba sobre su ropa de calle, en el sofá. Imaginé sus pechos desbordándose por las ajustadas copas de la prenda, sus pezones rozando la suave capa que recubría su interior, en una especie de eterna caricia que quise emular con mi imaginación. Por unos momentos me convertí en ese trozo de delicada tela que contenía sus grandes pechos. Esos mismos pechos que se bamboleaban libres, en todas direcciones, bajo la fina bata que los cubría en parte, sólo en parte, para nuevo deleite de mi mirada concentrada. Toda la sangre de mi cuerpo parecía fluir a un único punto concreto de él, era como si yo entero fuera mi miembro, solo mi miembro, un miembro con brazos y piernas, un miembro dispuesto a penetrar por completo en los más íntimos agujeros de Cornelia, a nadar entre las procelosas aguas de sus fluidos femeninos, sin querer salir más a la superficie, en perpetua apnea escatológica por esas calientes entrañas de hembra fogosa. Mi mejor poesía para Cornelia sería un buen chorro de semen escurriendo entre sus nalgas.

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13 comentarios en “Olor sexual

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