El cielo de Madrid

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Me despierto en una habitación que no es la mía. En la cama no hay nadie más. Miro el reloj y veo que son las nueve y media de la mañana. La boca me sabe a alcohol, a pozo sin fondo. Doy un rápido vistazo al cuarto. Sobre la mesilla de noche hay un libro, con un marcador entre sus páginas. Es un volumen bastante grueso. Me acerco hasta él y compruebo que se trata de El Quijote, en edición de Aguilar. No veo ningún otro libro por la habitación, sólo El Quijote. En la pared de enfrente hay colgada una reproducción de la Habitación de Arlés, de Van Gogh. A la izquierda, un escritorio con un portátil y unos cuantos cuadernos apilados. Todo está perfectamente ordenado y limpio. Respiro hondo, tratando de que todo me deje de dar vueltas y de paso recordar dónde coños estoy.

Me acerco a la ventana y subo la persiana. Lo que veo son edificios, muchos edificios, y a mi izquierda el Retiro. Por fin me ubico. Estoy en Madrid, en la casa de Marianus. Debería de sentirme un poco más feliz de estar nuevamente de vuelta, después de año y medio. Lo intentaré. Me prometo que lo intentaré si soy capaz de encontrar un Alka Seltzer en la cocina. Marianus es un consumidor habitual de dicho producto y, si no recuerdo mal, siempre tiene a mano alguna caja junto a los tazones del café. Sobre la repisa de la cocina me encuentro la cafetera con café caliente y a su lado la caja de Alka Seltzer y una nota. La leo mientras apuro de un trago el burbujeante potingue: “Imagino que necesitarás esto cuando despiertes. Anoche la pillaste buena. No paraste de beber desde que bajaste del tren. He salido a comprar para la cena de esta noche, invitaste a ella a medio Madrid, a medio Madrid femenino, claro. Luego nos vemos. El whisky está donde siempre. Deja algo, aunque compraré un par de botella más, por si acaso. ¡Ah!, y bienvenido”. Me digo que el mundo se divide en dos, los detallistas y lo no detallistas. Marianus, desde luego, pertenece a los primeros. Yo a los segundos. Escribir te vuelve egoísta.

Salgo a la terraza y me recuesto sobre una tumbona con la esperanza de sobreponerme a la resaca. Cierro los ojos y trato de recordar algo de la noche anterior. Me veo abrazando a Marianus en la estación y luego cenando y bebiendo vodka en el restaurante Olsen. Recuerdo que de allá salí ya bastante perjudicado. Nos adentramos por Huertas y acabamos recorriendo varios locales de Santa Ana y alrededores. Nos tomamos unas copas en el Café Central, después en el Viva Madrid, en Carbones 13… y … La mente en blanco. Amnesia total. Sí, también consigo acordarme algo de Los Gabrieles, allí nos encontramos con Mara y Paloma e intenté meterme con ellas en los servicios, quería ver cómo meaban, qué es lo que hacían dos chicas tan amigas mías en el baño. Hasta ese momento llegaba. Inútil tratar de recordar algo más. Poco a poco vuelvo a quedarme dormido viendo el cielo de Madrid.

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