Estímulos externos

13_04_2009_0097893001239633898_juan-buhler

Cuando me harto del silencio de mi casa, de su quietud, en estos días en los que el calor ya aprieta y la gente se desplaza a San José, para remojar sus cuerpos en el mar y, también, en alcohol, llenando con su exótica y playera presencia las calles y los bares, voy hasta la terraza de MJ -una atalaya en medio del pueblo-, desde la cual, y sin querer, no paro de tener los más variados estímulos externos, tanto visuales como auditivos. Mi vida cambia de repente, dejándose llevar, misteriosamente, por esos sucesos que acaecen en el exterior, en no ya un silencioso escenario, como el de mi casa, sino en un auténtico circo donde, unas tras otras, van sucediéndose las más variopintas situaciones, algunas más agradables o menos molestas que otras, desde llantos de niños, risas, peleas de pareja, a simples conversaciones que suben desde la terraza de la cafetería hasta mi puesto de observación y escucha. Y me siento un poco espía, según esas palabras van llegando a mis oídos, a mi indiscreción, no siempre deseada o evitable. Los indiscretos son los otros, esos que lanzan sus palabras al aíre, sin molestarse en pensar que quizá estén siendo oídos por alguien que no debería oírles y, que así, su intimidad deja de serla. Aquí suelen pecar, sobre todo, aquellos que se han dejado llevar por la sed del alcohol y que su estado no les permite distinguir lo elevado del tono de su voz y lo inconveniente de sus palabras, de esas confesiones de sobremesa, aireadas con sensación de impunidad, con la curiosa convicción de que nadie las está registrando, que nadie, aparte de los destinatarios elegidos por ellos para su mensaje, va a hacerse eco de ellas. Ilusos. La mayoría de este tipo de conversaciones son interceptadas por receptores fortuitos, accidentales, que pueden interesarse, o no, en lo que se está narrando, como yo ahora mismo que estoy escuchando, sin poder evitarlo, las hazañas sexuales de un ya muy bebido personaje que no para de afirmar que, él, es capaz de pasarse la noche entera dándole al asunto, sin parar. Una voz femenina sube también, ésta más preocupada  por que la del macho pueda ser oída o por pura vergüenza propia, por sobreentenderse que ella misma será el objeto de tal maratón amatorio, instándole a callar, a no continuar con intimidades que nadie va a creer, como muy bien reflejan las risas de la otra pareja, que sin embargo le animan con más preguntas para que, irresponsablemente, continúe hablando y hablando, estimulando, de este modo, al atleta sexual para que prosiga con su lista de habilidades eróticas, alentando su fabulación orgiástica, que se irá incrementado, exponencialmente, con el número de copas bebidas.

Entonces me pregunto que por qué escucho, por qué me dejo enredar con la vida de los demás, con sus fanfarronadas y fantasías, con sus preocupaciones y secretos. Llego a la conclusión de que quizá ya no me sea suficiente con ser yo, que necesito en mí a un otro distinto, capaz de sorprenderme, de hacerme olvidar aquel que soy, la nulidad del existir como uno mismo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s