Viejas amistades

libros En estos días vivo una situación de caos permanente. Un caos que tiende más hacia lo interior que a lo exterior, un caos que se instala dentro de uno, en sus pensamientos, en sus sensaciones, en la música que escucha, en los libros que lee y hasta en lo que escribe y en las propias conversaciones que mantiene –mantengo- con el escaso número de personas con las que se relaciona –me relaciono-, unas veces gustosamente y otras no tanto. Así es la vida, me digo, sin que me importe, o preocupe lo más mínimo, que el círculo de mis amistades sea cada vez más reducido. Ya me conozco lo suficiente como para engañarme con la idea de que necesito a los demás pululando a mi alrededor. Tal vez nunca me ha gustado mucho la gente, que nunca he terminado de fiarme por completo de la gran mayoría de las personas que he conocido. Qué se le va a hacer. Siempre me he llevado mejor con los libros, con las historias que pueblan sus páginas y con esos personajes que en muchas ocasiones me han dado más que la mayoría de las personas reales. Es de estos primeros de quien he terminado siendo amigo y de vez en cuando siento la necesidad de volver a encontrarme con ellos. Siempre están ahí, aguardando entre las amarillentas páginas, esperando que regrese a ellos silenciosamente, con esa ilusión que produce encontrarse con los viejos amigos, una vez más.

Hasta mí llegan hoy, nuevamente, estas líneas de Cesare Pavese, que escribió en El oficio de vivir. A él también le persiguió siempre esa extraña desolación que le hacía desconfiar de todo.

“Blasfemar, para esos tipos a la antigua que no están totalmente convencidos de que Dios no exista, pero, a pesar de dárseles un ardite de él, lo sienten de vez en cuando entre la carne y la piel, es una magnifica actividad. Sobreviene un ataque de asma y el hombre empieza a blasfemar con rabia y tenacidad con la concreta intención de ofender a ese posible Dios. Piensa que, después de todo, si existe, cada blasfemia es un martillazo en los clavos de la cruz y un disgusto que le da. Después Dios se vengará –es su sistema-, alborotará, enviará otras desgracias, lo mandará al infierno, pero, aunque ponga el mundo patas arriba, nadie le quitará el disgusto experimentado, el martillazo sufrido. ¡Nadie! Es un buen consuelo. Y con seguridad revela que a fin de cuentas este Dios no ha pensado en todo. Imaginaos: es el dueño absoluto, el tirano, el todo; el hombre es una mierda, una nada, y sin embargo, el hombre tiene esa posibilidad de irritarlo y descontentarlo y echarle a perder ese instante de su beatífica existencia. Este es, en verdad, el mejor testimonio que podemos dar de nuestra dignidad.”

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