Desde la terraza

Desde la terraza de la cervecería en la que estaba sentado veía un amplio horizonte henchido de mar, de un mar azulado que reflejaba el sol que caía sesgado desde lo alto, sólo habitado por unas cuantas gaviotas y algunas pequeñas barcas que salían del puerto lentamente, con el tenue ruido de sus motores proporcionando un sentido al silencio. Atardecía como otras muchas tardes, perezosamente, al ritmo de las olas que venían a morir junto a la dorada arena de la cala, entre la luz y las ya incipientes sombras.
Seis eran las barcas que podía contar, las mismas que el anciano, que desde su balcón miraba en la misma dirección que yo, con sus prismáticos de extraño camuflaje como prolongación de su mirada indagadora, espía del mismo horizonte que contemplábamos con el único sonido de las barcas y los graznidos de las gaviotas, que revoloteaban en círculos sobre las tranquilas aguas en busca de su escurridizo alimento.
Estaba planeando marcharme del pueblo, en el cual llevaba ya demasiado tiempo anclado. Tenía una única seguridad, mi retirada no iba a producirse por mar, al que sólo me gustaba contemplar de vez en cuando, sino por carretera o sobre raíles, viendo tierra en todas direcciones, tan sólo brevemente eclipsada por algún río, uno cualquiera de los muchos que me había propuesto cruzar hasta encontrar un sitio desde donde volver a contemplar un atardecer ocioso, sentado frente a una cerveza o una copa de vino. Me agradaba pensar en Oviedo, Lisboa, París, Zúrich o incluso Estocolmo. En cualquier lugar que no me recordara el desierto, la escasa lluvia, el sol deslumbrante, el monótono blanco de las fachadas de las casas. Deseaba bruma, cielos nublados, esa alegría que proporciona el sol después de muchos días de ausencia.
Las barcas desaparecieron del horizonte, al igual que yo desaparecería del pueblo y algún día, tal vez, intentara desaparecer de la vida, aunque para desaparecer totalmente era requisito indispensable el no haber nacido. En este primer intento había logrado, casi por completo, borrar las huellas de mi paso por lo que una vez fue mi mundo. Borré amistad tras amistad, conocido tras conocido, hasta acabar en este lugar sin ningún vestigio de pasado, de relación con nadie de la que no pudiera prescindir al instante y sin el menor trastorno emocional, por ambas partes. Siempre me había dicho que para desaparecer primero tienes que convertiste en nadie.

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4 comentarios en “Desde la terraza

  1. Y LLOVIERON FLORES…PARA TI, PARA MI…Y PARA TODOS LOS QUE QUEREMOS OLVIDARNOS DE NOSOTROS MISMOS…EN LA INMENSA FELICIDAD DE SER NADA EN LA TOTALIDAD.
    Besos para ti desde el otro lado del mundo.
    mar

    Porque para la existencia
    no hay pasado,
    presente o futuro,
    es una continuidad,
    es eternidad,
    sólo existe el ahora,
    el ahora infinito,
    llueven flores
    y continúan lloviendo,
    nunca se detienen.
    Si puedes abandonarte a ti mismo,
    esas flores pueden llover
    esta misma mañana,
    en este mismo momento para ti.

    Osho

  2. Tus escrito de hoy me transmite una cadencia pausada y algo melancólica.
    Así debería ser el ritmo de la vida, lo suficientemente lento como para paladearla en todos sus matices y con un toque melancólico que nos recuerde que todo lo que hemos vivido forma parte de lo que somos ahora.
    Creo que llega un momento en la vida en que ningún recuerdo es desechable.
    Ya he leído que Stairway To Heaven cayó…Si es por una buena causa, bien caída está.
    Saludos

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