El beso de la extraña mujer del pickup rojo.

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Una tarde más estaba en la barra del Thea Bohea, bebiendo un whisky y observando a través del ventanal el escaso movimiento que había en la calle. Fue entonces cuando la vi, a primera vista no logré distinguir bien si era hombre o mujer. Me dio una súbita sensación de miedo, acrecentada al comprobar que, en efecto, era una mujer. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Era tan sumamente fea que acojonaba, sobre todo por esa cara de pocos amigos y de mucha mala leche. Bebí un largo trago para tratar de olvidar, al tiempo que me volvía en la banqueta, apartando mi mirada de aquella visión que tanto me había trastornado y buscando la tranquilizadora imagen de Isabelle.

Un whisky después me atreví a volver a echar una ojeada a  la calle. Continuaba ese maldito viento que nos acompañaba desde dos semanas atrás, un viento que levantaba dolor de cabeza y ponía los nervios al límite de lo tolerable, a flor de piel. En ese mismo instante vi a Houellebecq entrar por la puerta de la tetería,con una medio sonrisa enmarcada en su boca. Me dio la mano al mismo tiempo que me decía que acababa de cruzarse con la tía más siniestra del mundo, tanto que un poco antes de llegar junto a ella no pudo evitar cambiar de acera.

-“Para los que somos supersticiosos habría sido mucho peor que pasar por debajo de una escalera”- me confesó en español y a media voz.

Pedí un par de whiskies, también yo en español, y brindé con Houellebecq, con otra media sonrisa, mientras pensaba que si continuaba bebiendo, a ese ritmo, empezaría a ver muchos más personajes inquietantes a mi alrededor, sobre todo con aquel viento que alborotaba tanto el pelo a los pocos que se aventuraban a caminar en medio de aquel vendaval, que iba ganando fuerza por minutos. Y así sucedió, al rato no parábamos de ver desfilar ante la ventana unos extraños especímenes,  levemente parecidos al resto del decadente género humano. Houellebecq y yo nos miramos con cierta complicidad y sin necesidad de una sola palabra apuramos de un solo trago el resto del contenido de los vasos, desasosegadamente, y precipitándonos hacia Isabelle, con los vasos vacíos, implorándole con nuestras miradas, que los llenara lo más rápidamente posible.

-No vuelvo a mirar por ese ventanal en toda la tarde – afirmé rotundamente. –Veo cosas muy extrañas a través de él y no estamos en Halloween, que yo sepa…

-No, desde luego. Algo pasa en este pueblo. –Confirmó Houellebecq, dando la espalda a la cristalera.

-Quizá un día de estos escriba una historia sobre ésta extraña tarde de octubre. –Le confié a media voz.

-Brindo por ello, compañero, y por nuestros sombreros de fieltro con pluma de faisán.

Chocamos los vasos.

-Extrañas tardes éstas de viento, es como si nuestros monstruos interiores decidieran salir todos juntos a pasear, cogidos de la mano y cantando absurdas canciones que el viento transporta lejos, muy lejos, más allá de nuestros oídos.- Asentí a sus palabras y continué bebiendo, sorbo a sorbo. –¿Y se puede saber cómo llamarás a tu historia de ésta tarde? ¿Has pensado ya en el título?- Continuó.

-Lo he olvidado, pero me gustaba.- Le respondí.

-Suele suceder.

Fui hasta la puerta de la tetería y me asomé a la calle. Ya no se veía a nadie. Empezaba a anochecer y se acercaba la hora en que cada cual se retiraría a sus respectivos cuartos de los escritos o de los espíritus. Unas luces enfilaron por el lado derecho de la calle, miré hacia los faros que se aproximaban. Un pickup rojo pasó lentamente por delante de la puerta de la tetería. En su interior una figura miró hacia mí. No me resultó difícil reconocer los rasgos de la siniestra mujer que me había aterrorizado hacía apenas una hora. Beso sus dedos índice y corazón, extendiendo su mano en mi dirección.

Entré atónito al interior del local, dirigiéndome a Houellebecq, que en mi ausencia se había dedicado a coquetear, como un bellaco, con Isabelle; le dije que ya recordaba el título del relato: “El beso de la extraña mujer del pickup rojo”. Por el tono de mi voz advertí que me sentía ligeramente celoso que estuviera intentando ligarse, nuevamente, a Isabelle.

-¿A qué viene lo del beso y lo del pickup rojo?- me preguntó distraído y con la mirada aún fija en ella.

-Intuición, pura intuición, querido compañero. –Le respondí molesto y alegrándome mucho de estar engañándolo deliberadamente; pensé que ese era un tipo de venganza tan bueno como otro cualquiera y más entre escritores. Me sentí satisfecho, irresistiblemente satisfecho ante tal nimiedad.

-Parece el título de un cuento de Poe, ¿no?- dijo él.

Miré a Isabelle con esa mirada del que sabe que todo aquello que ama no le está destinado, saludé y salí de allí con la impresión de que hoy vives y mañana puedes estar muerto, tan muerto como tu propia esperanza, o quizá aún puedas conducir un pick up rojo, en un anochecer cualquiera, lejos de todo punto, físico y mental, alejándote cada momento más y más, sin la posibilidad del retorno, exiliado de la vida, de los sueños, atrapado entre las redes del desengaño, extraño extranjero en tierra de nadie.

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8 comentarios en “El beso de la extraña mujer del pickup rojo.

  1. Me sonrío por ese consejo de dejar de beber whisky. Pero sabes algo inquietante me pasó precisamente hoy. Bajé de la unidad y fui a comprar unas arepas paisas deliciosas y caseras. Allí me tope con el hombre más feo que haya visto en tota mi vida. Quedé impactada y casi no reacciono. Fue una experiencia terrible y, que conste que nada de licor.

    Besitos con aires de libertad!

  2. Un consejo… deja de beber whisqui….. la historia se hace adictiva y la redacción muy sugerente, tanto en los tiempos como en la forma.

    Un saludo desde un lugar donde la ficción intenta no salir a flote.

  3. Me empujan tus palabras a dejar este silencio acomodado y tranquilo, sintiéndome un poco la extraña extranjera en tierra de nadie, la inquietud de tu texto por alguna razón que no alcanzo a comprender me ha llevado hasta Meursault, el sol, el corazón ciego, el alba… Extraños laberintos por los que transita nuestra razón, un abrazo Javier

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