El doctor Luján y compañía.

Javier Luján 

Nunca he sido muy amigo de fechas. Me bastaba con saber que ya eran unos cuantos años los que llevaba por este lugar. Los suficientes como para responder, cuando me preguntaban qué de dónde era, que de Almería, y más específicamente del Parque Sobrenatural de Cabo de Gata-Níjar, y, rizando el rizo, terminaba contestando que de San José. No mentía, desde luego, bastaba con recordar a cada uno de los amigos que había ido conociendo en este, hasta hace poco, escondido rincón de Andalucía, para convencerme de que ahora era mi verdadero hogar y a ellos a quienes echaba de menos cuando, por uno u otro motivo, me tenía que alejar de aquí ocasionalmente. Algo, que por otro lado, es sumamente recomendable, tal es el poder de atracción que ejerce esta extraña tierra, esta enigmática costa repleta de singulares energías.

Aquí, la vida se divide en dos etapas bien diferenciadas. La temporada de verano y la temporada de invierno. ¿Qué decir de ambas? Son tan opuestas que quizás en ello consista el misterio y el encanto de este territorio -es como mezclar a Iggy Pop con las Variaciones Goldberg, de Bach, un acto de pura fe, en el que sale reforzado el propio espíritu, si es que se soporta el intento, claro.- En la primera de ellas, de las etapas, los bares están a tope, repletos de experiencias por nacer, de personas ansiosas por la ya mítica leyenda del embrujo de las noches de San José y de sus alrededores, de su desenfreno y sus paraísos artificiales, de los amaneceres en recónditas calas y sus improvisadas raves, donde unos brazos te abrazan sin saber bien a quien pertenecen; pero te sientes feliz porque el mundo aquí es así o al menos es lo que en esos momentos quieres creer. En la segunda etapa, los bares están cerrados. No hay nadie. Tampoco hay coches, ni gente paseando por las calles o las playas. Apenas unos cuantos niños jugando en la plaza, tal vez porque se les rompió la videoconsola o están hasta los huevos de los Lunnies o de La Banda o de sus propios padres.

Ni que decir tiene que, ésta última, es la temporada de la reflexión; la época de pensar, de redimir el cuerpo de las agotadoras orgías del verano. También es la época para esos paseos solitarios, -para ellos es sumamente recomendable conocer la obra y algo de la vida del escritor Robert Walser, especialmente la época de su estancia de veintitrés años en el manicomio de Herisau-, por los miles de caminos que se abren nada más llegar al molino de los Genoveses, que desde lo alto mira hacia ese valle que se abre ante los ojos. Si en San José el tiempo fluye lento, aquí se detiene por completo, sólo recuperando nuevamente su ritmo al dar la espalda al molino, adentrándonos otra vez en el pueblo, con la sensación de que ahora somos un poco mejor que antes de haber comenzado nuestro invernal paseo por el abismo de la existencia, entre chumberas y unos cuantos cipreses, que parecen querer desafiar a la razón, con su simple presencia en medio de tanta inmensidad. O sino las propias palabras de Walser, que en momentos así siempre es bueno recordar: Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle”. Como bien dice Walser, somos bastantes los que aquí habitamos en el cuarto de los espíritus y nos plantamos un sombrero en la cabeza y salimos a dar un paseo para no desaparecer por completo, literalmente, en el interior de dicho cuarto. Pero en esos paseos siempre surge un problema, al mundo Walser se une el mundo vilamatiano, al menos en mi caso; en esa extraña simbiosis, por unos momentos, hasta los cipreses adquieren su razón de ser y el doctor Pasavento camina a tu lado, diciéndote: “No estoy aquí para escribir, sino para enloquecer”. Para terminar confesándote un poco después, junto a los pinos del sendero que lleva hasta la playa de los Genoveses: “No estoy aquí para escribir, sino para estar solo”, dejando en tus manos, antes de desvanecerse, un viejo ejemplar del Elogio de la locura, de Erasmo de Rotterdam y una creciente sensación de aturdimiento, mientras su voz va diluyéndose en el atardecer, declamando con teatral voz unos versos de Walser, ya casi recostado por completo, su cuerpo, en la cristalera de la farmacia Dupeyroux, en el número 25 de la rue Vaneau, en París:  «Continuo mi camino, que es un paso más allá y su casa; y sin hacer ruido, aparte me quedo ya.» Pues sí, es posible vivir en medio del páramo, de este desierto, y respirar, ser, desear y dormir por la noche y soñar, le respondería a Jakob von Gunten a través del doctor Pasavento, si éste último no me hubiera dejado plantado en medio del camino que conduce hasta la desierta bahía de los Genoveses; y tras ella, cala amarilla, destino final de mi paseo vespertino, con mi sombrero imaginario sobre la cabeza y con los bolsillos llenos de trozos de papel de diversos tamaños, para ser cubiertos por completo con la delgada y pequeña letra que mi lápiz recién afilado me va a facilitar. En ellos escribiré que en verano los bares están llenos y las muchachas ríen a la nada, envueltas en una sugerente nube de sensualidad y sus manos sostienen vasos con mojito o caipirinha, sorbiendo de ellos a través de largas pajitas, que hacen rodar de un lado a otro de sus labios, lanzando lascivas miradas a su alrededor. Sé que esto último el doctor Ingravallo no lo tolerará; pero al escuchar las primeras notas de Rock this town, de Stray Cats, el doctor comienza a mover su pelvis frenéticamente, al ritmo de la canción, acercando todo su meneo hasta la misma mesa de las libadoras de exóticas bebidas. Su raciocinio ha quedado detenido, ya sólo es una máquina de seducción, contorsionándose al compás de la música, suspirando por esos labios que hace solo unos segundos le habían provocado el más claro gesto de repulsa y de incomprensión. Esta vez soy yo quien le hace ver a él su paradoja, pasando así a convertirme yo mismo en doctor en psiquiatría, aunque sea por un breve espacio de tiempo, el necesario para que la canción cese y no encadenen ninguna otra música que le vuelva a enfervorizar como a quinceañero en casa ajena. Le digo: “Doctor Ingravallo, se le ve absurdo desde este lado de la vida”; pero precisamente en ese instante comienza a sonar Hound dog, de Elvis, ni siquiera me escucha, se lanza de rodillas hacia la mesa de las libadoras, con los brazos en alto, girando sus manos, velozmente, de izquierda a derecha y viceversa, repitiendo el gesto mientras su cabeza cae hacia atrás. Me veo gritándole en voz alta: “Doctor Ingravallo, le recuerdo que trabajo en este bar de copas. No me resulte usted patético”. Al final termina respondiéndome: “Usted siga rellenando sus papelitos, con esa escritura tan pequeña y no olvide que no estamos en el pasaje del Plátano Azul, que ni siquiera es verano y que se encuentra en una tarde de invierno, sentado en la arena de esta cala, escribiendo para que no lo lean, para desaparecer como escritor público”. Pienso que lleva toda la razón, me olvido de él, que vuelve enseguida a contonearse delante de la mesa de las miradas lascivas, escapando a mi atención. “Además, ahora usted es el doctor en psiquiatría, no yo, doctor Luján”, oigo que me reprocha entre medias de un intervalo de la música. En el fondo tenía razón el doctor Ingravallo, por lo que continué escribiendo sobre los minúsculos trozos de papel, que a veces se llevaba el viento hacia el mismo mar que se abría delante de mí. Y como si esta vez fuera Vila-Matas escribí sobre unos de los papeles, con apretada letra y protegiéndole contra el viento, sus palabras: “Desconfío de que pueda comunicarse la angustia, encuentro a veces insuficientes y superficiales las palabras, aunque quizás sirvan precisamente para ocultar la angustia”. En invierno empieza a anochecer pronto, por lo que también resulta aconsejable no dejarse llevar demasiado por la fiebre bucólica o creadora y levantar el campamento antes de que los caminos empiecen a llenarse de esos parientes raros de los cerdos, los jabalís; por si las moscas, sobre todo y para no tener que salir corriendo. Al doctor Ingravallo no se le da muy bien eso de correr, como a ningún buen bailarín.

 De regreso hacia el pueblo coincido con Michel Houellebecq, encendemos un cigarrillo y hablamos distendidamente sobre nuestras respectivas vidas dentro de esos cuartos de los espíritus o de los escritos. Houellebecq me comenta que va a dirigir una película sobre su último libro, Posibilidades de una isla. Yo saco del bolsillo mis papeles, mostrándoselos y diciéndole que los estoy escribiendo para que nadie me lea. No dice nada, pero noto en su mirada una señal de aprobación, de connivencia. Le presento al doctor Ingravallo como un producto fruto de mi propia ansiedad e imaginación, como un otro yo, asimismo imperfecto, que escapa a mi supuesto control. También aprovecho para decirle que por el momento soy el doctor Luján, doctor en psiquiatría; pero que seguramente, al llegar al centro del pueblo, deje de serlo hasta nueva ocasión . En todo caso, me digo, esto último no deja de depender por completo del doctor Ingravallo. Tras unos instantes de silencio los tres juntos reemprendemos el camino, rumbo a la tetería Thea Bohea, donde nos espera una buena tetera de té moruno, con su hierbabuena y sus piñones, y donde quizás también nos aguarde el doctor Pasavento, harto ya de deambular por la rue Vaneau o por su Patagonia particular, en esa su alameda del fin del mundo. En todo caso, todos llevamos sombrero, sombreros de fieltro y con su pluma de ave al aire, que el viento hace silbar juguetonamente. Todo sería perfecto si no fuera porque hace tiempo que no sé nada sobre Siria, es como si la hubieran invadido y borrado del mapa. Ni prensa, ni televisión, ni radio. Un completo silencio sobre ese trozo del mundo. ¿Seguirá estando su embajada en la rue Vaneau? Tengo que escribir sobre ello en una servilleta, en la tetería, antes de que el lápiz pierda su punta o antes de que el tiramisú de Isabelle me haga olvidar el resto de las cosas de este mundo y de que este pueblo tiene dos etapas bien diferenciadas, una en la que los bares están llenos y otra en que nos encerramos en el cuarto de los escritos y casi todos los bares están cerrados; pero también paseamos, como Walser, por esa alameda del fin del mundo.

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24 comentarios en “El doctor Luján y compañía.

  1. Peggy:
    sÍ, muy potito, verdad?
    Un beso.

    Graciela:
    Yo tampoco creo en ninguna clase de oráculo , pero cuando cae en mis manos un periódico con horóscopo es lo primero que leo, por si las moscas. Muchas gracias por tu comentario tan amable.
    Un beso.

    Irene:
    Muchas gracias por tu palabra. Por lo que me cuentas, en efecto, es el camping de San José. Es un sitio tranquilo y precioso y el bar con muy buena música. Ahora hemos tenido unos cuantos días de ventolera, de la que te balancea de un lado a otro
    Un beso.

  2. ¡Qué fluidez!, leerte es como deslizarse por tu escrito, de veras que me da envidia.
    Estuve varias veces en Almería, recuerdo un pequeño camping en San josé que era una delicia. No sé si fue allí o en otro pueblo, hace años y no estoy segura, pero lo que sí recuerdo es que estábamos en un bar y no podíamos salir porque nos tiraba el viento, y no es ninguna exageración. Un beso.

  3. Dr. gracias por tu comentario en mi blog!!!, justo has caído en una entrada ‘Humorística’ por así decirlo, es que no creo absolutamente en nada de los Oráculos, Horóscopos…
    Con respecto a ésta entrada, cariño, haces sentir como si pudiera estar allí, los perfumes del lugar, las plazas vacías, las calles llenas de gentes ‘como dice Serrat’. Abrazos y te pondré en mi blog, así paso a visitarte x lo menos 1 vez x semana.

  4. Carmen:
    No suelo ir mucho por Garrucha, aunque es un sitio precioso, un día de estos tengo que ir a darme una vuelta por allí, antes iba más.
    Un beso.

    Lágrimas de mar:
    No se trata de ningún concurso, pero me quedo con tu beso de chocolate emdulzando mis labios. Besos.

    Churra:
    Muchas gracias. Besos.

    Sibyla:
    Jajaja, lo del sombrero te ha chocado, ¿verdad? Es que aquí somos muy exagerados, jajaja. Muchas gracias, Sibyla. Un beso.

    Lully:
    Se está tan bien en este cuarto, aislado del mundo, sólo con los personajes que habitan mi cabeza. Un beso.

    Mar:
    Muchas gracias, bonita, lo mismo te deseo.

    Lady:
    No desaproveches esa corriente que te empuja hacia Vila-Matas, ni punto de comparación con el Ulises, ni mucho menos. Es un escritor muy divertido, profundo pero intensamente divertido y tanto su vida como su obra está llena de miles de anécdotas que nos hacen reír y gozar.
    Besos tambén para ti, míos y de Pasavento y de Ingravallo y…

  5. Una vez más noto la corriente que me empuja a leer a Vila-Matas, es cierto que durante unos años he estado resistiéndome, pensando que sufriría un atasco intelectual y no sería capaz de pasar de las primeras páginas (ya he sufrido el acoso del Ulises de Joyce durante más de una década, tiempo necesario para conseguir terminarlo). Ahora lo sacas a la palestra y me dan unas ganas enormes de enfrentarme a él, aunque sólo sea por conocer a un maldito como Walser desde su perspectiva. Hecho voy a ello, ya te contare Javier. Besos para ti y todos tus otros.

  6. ME ENCANTA COMO ESCRIBES, ERES UN GENIO.
    TE AGRADEZCO TU SALUDO EN EL DIA DE MI CUMPLEAÑOS Y TE DEJO UN DESEO….QUE TU CORAZÓN SIEMPRE ESTE LLENO DE SOL EN TODAS LAS ESTACIONES DEL AÑO.
    CARIÑOS PARA TI DR LUJAN.
    MAR

  7. El sombrero, me lo había imaginado para esa zona de lino, color marfil, estilo Panamá, sin pluma…
    Me gustan las historias que encajan perfectamente una dentro de la otra, una locura dentro de la otra, como si fueran perfectas muñecas rusas.
    Me encanta como escribes, Dr Luján!
    Besos:)

  8. Pasé cuatro meses en Almería. Concretamente en Garrucha. Aún recuerdo el Hotel San Francisco, a Paco, y a sus langostinos a la parrilla. Corrían los 90, y yo me bebía las carreteras sin mapas. ¡Dios! qué largo se me hizo el viaje desde Mérida.

    Me quito el sombrero… ¡chapó!
    Qué placer leerte, Javier.

  9. Gracias Javier por tus cariñosas palabras, sé que cuento contigo, no te preocupes, sólo es un pequeño respiro para limpiar telarañas. Te ha quedado muy bonito el blog, yo, sigo leyendo Javier, siempre…
    Muchos besos cielo

  10. Sasse:
    Lo de las orgías es un decir, jajaja, pero si vienes por aquí algo podremos hacer… jajaja. Un beso, bonita.

    niñapajaro:
    Pues ahora precisamente llevamos unos días con un temporal de levante, aunque pasable, eso sí, porque aquí cuando se pone a soplar sopla de las mil maravillas.

    Rubén:
    ¿La rosa? No sé de que libro me hablas. ¿La rosa de Alejandría? ¿El nombre de la rosa? Me gustaría saberlo, soy curioso dado tu buen gusto estético y musical. Tienen una página llena de tesoros. Hoy me estado paseando por allí, muy de mañana, un bien rato, entre tus fotografías y la música.
    Un saludo.

  11. Realmente es preciosa esta provincia y muy diversa, en contra de lo que piensa la gente, tenemos desierto, mar, nieve -Sierra Nevada- y también invernaderos, pero que se le va a hacer.
    La próxima vez que vengas por acá quedamos a tomar algo, ¿vale?
    Un beso.

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