La pregunta

Un repaso furtivo al tiempo de mi permanencia en esa ciudad arrojaba tras de sí muy pocas cosas, apenas ninguna: un libro escrito en el que no creía y una serie de fotografías que murieron en el mismo instante que apreté el disparador de la cámara.

No, no era excesivo bagaje, ni tampoco positivo. No existía ningún motivo para sentirse feliz, realizado o cualquier otro adjetivo que me calificara de forma halagüeña. Quizá lo más cercano al estado emocional en que me encontraba era la desesperación. Una desesperación que iba comiéndome por dentro, cada vez con bocados más grandes. Una desesperación de la cual uno no espera poder despegarse ya. La única esperanza se reducía a abrir los ojos y comprobar que todo era nada más que una molesta pesadilla; pero mis ojos se encontraban lo suficientemente abiertos como para que esta esperanza pudiera existir.

Pensé que ya no me quedaba nada más por hacer en esa ciudad blanca, extendiendo esto a cualquier otro sitio, porque todos los lugares terminan por ser el mismo, siempre.

Entre preguntas y preguntas dirigidas a mi mismo, trataba de evitar la verdadera pregunta, esa que consistía en si quería seguir viviendo; pero resultaba tan difícil lanzármela a bocajarro, y mucho más responderla sinceramente, sin nostalgias y sin falsos patetismos. Imaginé la pregunta: “¿Javier, quieres seguir viviendo?”. No me sonó verdadera, algo en su estructura fallaba. Ese tipo de cuestiones no se preguntan de esa forma. Tal vez fuera el nombre lo que me confundía. Ensayé nuevamente suprimiendo mi nombre. “¿Quieres seguir viviendo?, me resultaba mucho más apropiada; pero, también, más impersonal. Tampoco terminaba de convencerme. Era consciente que era una pregunta demasiado trascendental como para tomármela a la ligera.

El caso es que estaba casi seguro de la respuesta. El único problema estribaba en la maldita formulación de la pregunta, que debía ser precisa y concisa, que llevara la respuesta implícita en sí misma. Una pregunta que se despojara de todo sentimentalismo barato, que me dignificara ante mis propios ojos en el momento de ejecutar la determinación escogida. Esa maldita pregunta podía estropear todo, hacerme vivir por un espacio de tiempo indeterminado e indeseado.

Todo era tan jodidamente ridículo que empecé a sentir frío, un frío nervioso acentuado por la cerveza. Por hacer algo empecé a hojear el libro que esa tarde llevaba conmigo. Todas las páginas estaba escritas, llenas de pequeñas manchas negras que sin duda tenían un mensaje encerrado, profundo, destinado a mentes más claras y que no estuvieran tan preocupadas por una pregunta que imposibilita irse a descansar y que me mantenía con el culo pegado a una silla de plástico, con la mirada fija en el vacío, en el río. El libro era de Savater y comenzaba a dolerme la cabeza. Pero lo peor de todo era que comenzaba a sentirme frívolo, con ganas de continuar bebiendo hasta ese punto donde, quizás, mi esperada pregunta surgiera de un modo natural y concluyente. Una cerveza que incitaba a seguir bebiendo al otro lado del río, en mi pequeño espigón donde el día moría entre los reflejos del agua, mientras los automóviles seguían cruzando, en ambas direcciones, el puente 25 de abril.

Y crucé el Tajo con una cerveza enlatada, sintiéndome por unos instantes todo un intrépido navegante surcando los más peligrosos mares, acodado en un hierro oxidado y recibiendo de lleno en el rostro los espumarajos del río. Lástima que se llegara tan pronto a casilhas, a mi rincón particular de luces y sombras, y que mi singladura naútica solo fuera un mero aperitivo de la inmensidad del océano.

Sabía muy bien ya que mi pregunta quedaría aplazada un nuevo día. No escuchaba preguntas cuando surgía esa música salida del ambiente, de ese entorno donde nunca lograba pasar desapercibido. En esos momentos todo se detenía y sólo podía entregarme a seguir a ese ritmo oculto que iba guiando mis pasos hasta ese punto donde contemplaba, en un silencio interior, lo fácil que le resulta al sol ocultarse a todo los ojos. Ese era el silencio que perseguía, lo malo que no era eterno, a veces podía tatarearlo. Me dije entre risas que, para un coleccionista de decepciones, la poesía sólo servía para manchar hojas en blanco.

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22 comentarios en “La pregunta

  1. Sibyla:
    Por lo general disfruto leyendo a Savater, mi malestar no provenía de él, ni de su libro, era pura ficción.
    Un beso.

  2. Ladydark:
    Estoy seguro que encontrarás esa sinfonía en tu retorno a Lisboa, es una ciudad muy musical.
    Un beso.

  3. Mandarina Azul:
    Todos los lugares terminan siendo el mismo, porque en el fondo nosotros somos el propio lugar, creo.
    Un beso.

  4. Patita:
    Realmente lo importante en esta vida es experimentar sensaciones, remontar la corriente de lo cotidiano.
    Un beso.

  5. Sakkarah:
    Mi cabeza, en estos momentos, está bien amueblada, aunque nunca se puede estar seguro de esto. La vida es un continuo aprendizaje.
    Un besito.

  6. me has devuelto a lisboa pero con una sensación de incertidumbre muy potente… supongo que a veces no hay respuestas, o no las queremos pronunciar ni escuchar, aunque no haya nadie delante… eso supondría tener que hacer ALGO. entiendo bien cómo te has sentido, desde mi propia atalaya del mundo claro.

    un abrazo,

    k.

  7. Hola Capitán!!:

    Existen más de mil razones para dar una contestación positiva a “la pregunta”. Savater… un autor filosófico que te obliga a hacer un exhaustivo ejercicio mental estando lúcido, ni te cuento en otro estado mental,¡ no me extraña que te doliera la cabeza!. ¡Excelente post!

    Un saludo.

    El Blog de Sibyla

  8. “Un coleccionista de decepciones”
    la hago mía, me la quedo, la frase, si me permites.
    Precioso, sutíl… como tú.
    Besos capitán.

  9. capitan.. debo decir q a veces me confundo un poco.. porq yo pienso una cosa y los comentarios dicen otra en fin asi es la literatura.. mi humilde opinion.. es q los estados de animo influyen en situaciones y lugares, todo es blanco o negro..segun como estemos nosotros.. y q a veces no es una la pregunta sino q son varias.. y el miedo es obviamente la respuesta …. no se si esta claro.. en fin un saludo

  10. Yo sin embargo pienso que todos los lugares son diferentes siempre. Depende de nuestros sentimientos en el momento en que estamos en ellos, y unas veces nos llenan de melancolia y otras suenan risas y carcajadas.
    Quiero volver a Lisboa y espero que haya un océano de alegres rumores esperándome, igual que la primera vez, o tal vez, mejor aún.

  11. Qué razón tienes cuando afirmas que “todos los lugares terminan por ser el mismo, siempre”. O será que me pillas pesimista, no sé.

    🙂

  12. Un capitan de mar y tierra que sabe que el mar a veces es turbulento, solitario y sombrio, tendrá siempre que tener la mirada en alto, el corazón puro y los sentidos alerta…para cuando llegue un imprevisto que puede sorprendernos por ser demasiado bueno o demasiado malo, abrazarlo pero no quedarse con el sabor malo, si es malo pasará y si es bueno…bendito que estamos vivos y pudimos abrazarlo…. y dejarlo ir…ya que tambien un día tambien nosotros partiremos…

  13. Quizá los coleccionistas de decepciones sean los mejores poetas…

    Mala pregunta es esa…Quizá todos en algún momento nos la hemos hecho, pero mejor que no ronde demasiado la cabeza.

    Un beso,Capitán.

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