La noche que conocí a Stina (I)

Conocí a Stina en París, en el año 1992, ese año de la Expo de Sevilla, del V Centenario y de las Olimpiadas de Barcelona. Demasiados acontecimientos juntos para alguien que siempre intenta huir de las multitudes. Unas fechas que lo único que provocaban en mi estado de ánimo era un continuo deseo de largarme de España, a la menor posibilidad. Ese año salí como unas 10 veces de este país. Precisamente, en ese marzo de 1992 estaba cruzando, una y otra vez, el Pont Neuf, cómo si no me decidiera en que orilla del Sena prefería quedarme, ya que ambas me atraían a su manera: una me sugería el Marais y la otra el Barrio Latino. Y justo cuando estaba en medio del puente de mis dudas, acodado sobre la barandilla viendo fluir las aguas del Sena, empezó a caer con toda intensidad la mayor cantidad de agua que había caído nunca del cielo sobre mí, así que sin pensarlo dos veces me lancé a la carrera hacía Saint-Michel, y en vista de lo que estaba cayendo decidí que el Barrio Latino era la orilla del Sena que más me gustaba y con diferencia. Vamos, que me gustaba una barbaridad y no cruzo más por qué me mojo. Entré chorreando en el Café Saint-Michel y con mucho cuidado de no acabar con mis huesos en el suelo a causa de lo resbaladizo que resultaba ese piso, que invitaba a que un pie fuera en dirección contraria al otro. Cuando alcancé la barra lo único que deseaba era un gran whisky sin hielo, que entonara todo mi ser.

Desde que llegué esa mañana a la ciudad aún no me había topado con ningún camarero gilipollas y engreído, lo que en París ya era todo un éxito; pero fue pedir un JB, calado hasta los huesos, y el camarero empezó a gesticular de un modo grotesco que no entendía nada y yo a decirle que WHIS-KY, que un J-B y él dale con lo de que no entendía. JB. No entiendo. JB. No entiendo. Me disponía a saltar la barra para dar al garçon un curso rápido de español, cuando a mi lado salió una voz que le susurró al camarero un mágico yi-bi.

-¡Ah! Oui, Un yibi. – Respondió el camarero, mirándome con una especie de sorna que no me gustó nada. Puso un vaso con hielo frente a mí, vertiendo sobre él una mínima cantidad del aquel preciado líquido, que tanto trabajo me había costado conseguir. Me le quedé mirando fijamente para ver si se estiraba un poco más con la cantidad, pero nada, me había cogido manía.

-Si quieres más, tienes que pedir uno doble. – Me aclaró mi vecino de barra, el mismo que intervino en la disputa anterior con el camarero. –Todas las botellas llevan dosificador. Estamos en París.

-Double, s’il vous plaît.

Pegué un largo trago que casi acaba con el contenido del vaso. Miré a mi vecino y le di las gracias por su intervención tan oportuna.

-Estos franceses son así, aunque te entiendan les gusta ponértelo difícil.

-¿Eres de aquí?- Le pregunté mientras me terminaba lo que quedaba de mi JB- ¿Quieres una cerveza?

-Está bien, beberé una más a tu salud. Sí, nací y me crié en París, pero mis padres son de Argelia.

-¿Cómo es que hablas tan bien el español?

-Estudié medicina en Granada. Siempre me ha gustado mucho más España, su gente y su clima. Siempre que puedo vuelvo a Granada.

– Así que eres médico.

– Realmente soy psiquiatra.- Me interrumpió.

-Justo lo que yo necesito, un psiquiatra y otro JB o yibi o cómo lo quieran llamar por aquí. Bueno, mi nombre es Javier, encantado de conocerte. – Estuve a punto de presentarme como Capitán Pescanova, pero dudé que lo entendiera.

– Lo mismo digo, me llamo Ouassini.- Chocamos los vasos, brindando por nosotros.

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8 comentarios en “La noche que conocí a Stina (I)

  1. Se podrían enumerar cientos de cosas fantásticas sobre Paris, cientos. Pero tiene un serio inconveniente, los franceses.
    Leeremos la segunda parte de tu encuentro con Ouassini.
    Un saludo

  2. Queda la segunda parte del relato, intentaré colgarla mañana, timofónica, me ha puteado a parte de timado. Un saludo a todos y muchas gracias por tus palabras eigual.

  3. Viajar es una forma imprescindible y necesaria para comprender la pluralidad de nuestro mundo. La experiencia que nos relatas es una confirmación de lo dicho.
    Saludos, Capitán.

  4. He llegado aquí a través de un comentario que has dejado en la página de el eZcritor, y lo cierto es que me alegro mucho: porque me fascina lo que escribes.
    Te encuentro interesante y con mucho que decir.
    Y sí, quizás mi boto fuese para ti.
    Un abrazo y suerte en todo: la mereces.

  5. Cierto, a enfants de la patrie, les encanta rizar el rizo con su idioma.
    Tengo muchas “simpaticas” anecdotas idiomaticas que ahora mismo no vienen al caso, pero que corroboran la afirmación de tu amigo.
    Incluso en la parte sur en la Catalunya Nord, donde el catalán es un idioma de uso común, no se esfuerzan lo más mínimo.
    Les hablas en catalán, te contestan en francés, les hablas en español, te contestan en francés, les hablas en francés, te dicen que no te entienden, etc, etc, etc.
    Saludos

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