El vuelo de las 22:00 h.

Miraba la calle desde una ventana de la oficina. El sueño de la noche anterior me había dejado completamente ausente. En dicho sueño me encontraba dentro de un avión, esperando el momento del despegue. A mi lado había una mujer que miraba por la ventanilla hacia la pista. Aún no había visto su cara, pero no por ello dejaba de tener la sensación de que esa persona me resultaba familiar. Sobre sus piernas tenía un libro, “El último lector”, de Ricardo Piglia, libro que yo había terminado de leer la semana pasada y del cual aún guardaba un grato recuerdo. La azafata comenzó a extender sus brazos y a flexionarlos en lo que era la escenificación del uso del chaleco salvavidas, mientras las turbinas de los motores empezaban a subir de revoluciones. Observé que la mujer continuaba mirando por la ventanilla, absorta en la lejanía del horizonte, sin prestar la más mínima atención a toda esa serie de representaciones que estaban teniendo lugar en el centro del pasillo, a tan sólo unos cuantos metros de nuestros asientos. Decidí atreverme a tocar su hombro en requerimiento de atención, con el claro propósito de que ella girara su rostro hacia mí para poderla mirar y averiguar si realmente era alguien a quien yo conocía, pero ella continúo mirando por aquella ventanilla, sin darse por aludida a mi contacto sobre su hombro derecho. Pensé que quizá se hubiera quedado dormida, pues apenas había notado ningún movimiento suyo en todo el tiempo que llevábamos juntos, en aquel estrecho tubo despresurizado.

Me coloqué los cascos tratando de hallar un poco de música para distraerme y no pensar demasiado en aquel cacharro, que ya debía de encontrarse a unos cuántos cientos de metros sobre aquel trozo de tierra, que cada vez se iba haciendo más y más pequeño. El avión comenzó un giró a la izquierda cuando ella volvió, repentinamente, su cara hacia mí. Lo que pude ver en sus ojos no me gusto nada, ya sabía quien era esa enigmática dama; sentí sus fríos labios sobre los míos y su lengua enredándose en la mía, mientras el avión ya caía, con un sordo ruido, en picado sobre aquel pequeño trozo de tierra.

Continuaba mirando la calle desde la ventana de la oficina, seguía lloviendo y lo cierto es que no me apetecía nada coger ese vuelo de las 22:00 h. que debería llevarme a Madrid. ¿Y si ella se encontraba sentada a mí lado?

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