Y dicen que el tiempo lo borra todo


Me paso la mayor parte del día pensando en cosas inútiles. Inutilidades que acaban siempre acercándome a ti. Da igual que empiece con un paraguas o con un gato, al final, invariablemente, termino enredado en algún instante de aquellos dos años que vivimos juntos, tú en Alemania y yo en España. Ahora, después de tantos años, comprendo que yo te buscaba más en Madrid que tú a mí en Trier. Te buscaba en cada uno de mis paseos, en cualquier café de los muchos que visitaba, en medio de cualquier madrugada cargada de música, alcohol y humo. Trataba de encontrarte en los ojos de otras mujeres, en sus sonrisas y hasta en sus caricias, que terminaban por parecerme las tuyas, pese a los kilómetros que nos separaban. Tú eras una serie de cartas escritas en cualquier rincón y también eras cada una de esas cartas que recibía de ti, unas veces agradables y otras no tanto, porque en ti siempre existió la duda, la innegable realidad de la distancia que nos separaba. Dios, cómo recuerdo tus cartas, siempre llenas de algo maravilloso que hacía volar mi imaginación. Como buena diseñadora, siempre se encontraban llenas de sorpresas, de guiños a tus estados de ánimo, a los míos, a tus dudas e inseguridades, a tus esperanzas sobre nosotros. Tirado en la cama las leía una y otra vez, tratando de hallar en ellas sentidos nuevos, ocultos hasta entonces. Tu ausencia la compartía con Mariano y Almudena en cualquier sesión de cine de madrugada, recorriendo noches de cenas y mucho diálogo. A los tres nos gustaba jugar con el lenguaje, enredarnos en los espejismos de las palabras. Entonces éramos todos amigos, los cuatro. Nosotros tres en España y tú en Alemania. Sí, cualquier tontería nos hacía pensar a mi cigarrillo del insomnio y a mí en lo lejos y cerca que estabas, Sonja. Tendido en la cama, en la oscuridad, podía verte sentada frente a la chimenea, leyendo un libro de Juan Benet, “Herrumbrosas lanzas”, que encontré y compré para ti en un puesto de la cuesta de Claudio Moyano. Cuando te lo di en Madrid y una noche te pusiste a leerle junto a la chimenea conocí la felicidad, me bastaba con extender la mano para poderte tocar.

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