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Archivo para la Categoría "Dietario"

Olor sexual

3 Septiembre 2009 Javier Luján 12 comentarios

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Me gusta el olor fuerte, sexual, de algunas mujeres. Es como si la naturaleza entera lanzara un aullido salvaje en mis ingles. La bendición del deseo se apodera de mí, repentinamente, sin aviso previo. Ese olor va penetrándome y entonces escribo y escribo en mi mente miles de páginas, me pongo nervioso y mi mano vuela sobre imaginarios renglones que relleno con todos esas inutilidades absurdas que después sonarán a canción de lluvia, a órganos sexuales copulando junto al fuego de una hoguera. Sí, en momentos así, sólo soy una glándula sexual que escribe y describe el ritual del acoplamiento, ese movimiento cósmico que a todos arrastra hacia la locura momentánea, hasta ese punto donde el tiempo se funde con el más completo abandono visceral, en una especie de perpetua línea recta.

El intenso olor de Cornelia llegaba hasta mí en esos instantes, en los que ella estaba limpiando mi casa después de mi regreso de Madrid. Ese olor, junto a la corta bata que apenas la cubría, estaba llevándome hacia un completo estado de excitación mental y físico. La observaba subida en la pequeña escalera, limpiando entre los libros de la estantería, mientras la bata subía y bajaba, dejando entrever, por unos gloriosos instantes, sus redondas nalgas con principios de una inminente celulitis, que le añadía un punto más de morbo a la escena que estaba sucediendo a escasos metros de mis ojos. Tampoco escapó a mi escrutadora mirada el sujetador, que reposaba sobre su ropa de calle, en el sofá. Imaginé sus pechos desbordándose por las ajustadas copas de la prenda, sus pezones rozando la suave capa que recubría su interior, en una especie de eterna caricia que quise emular con mi imaginación. Por unos momentos me convertí en ese trozo de delicada tela que contenía sus grandes pechos. Esos mismos pechos que se bamboleaban libres, en todas direcciones, bajo la fina bata que los cubría en parte, sólo en parte, para nuevo deleite de mi mirada concentrada. Toda la sangre de mi cuerpo parecía fluir a un único punto concreto de él, era como si yo entero fuera mi miembro, solo mi miembro, un miembro con brazos y piernas, un miembro dispuesto a penetrar por completo en los más íntimos agujeros de Cornelia, a nadar entre las procelosas aguas de sus fluidos femeninos, sin querer salir más a la superficie, en perpetua apnea escatológica por esas calientes entrañas de hembra fogosa. Mi mejor poesía para Cornelia sería un buen chorro de semen escurriendo entre sus nalgas.

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Rutina veraniega

15 Agosto 2009 Javier Luján 4 comentarios

Un nuevo día de sol, con alguna que otra nube moteando el cielo. Temperatura: 31º C. Siguen llegándome emails que no me interesan, que ni siquiera leo. Sólo uno de Zabou me alegra la mañana. Zabou y yo discutimos a principios del verano. Parece ser que llega el momento de la reconciliación. Nos hemos desintoxicado el uno del otro, o casi. La verdad es que la echo de menos. Me falta ese cambio diario de impresiones con ella.

Sigo encerrado en casa, huyendo de la masa de turistas, sudando frente al ordenador o ante las hojas de un libro. Una situación perfecta si no fuera porque no estoy solo. Me gusta vivir solo, sin dar explicaciones de mis actos o tener que hablar cuando no me apetece. Afortunadamente sólo me quedan unos cuantos días más de compañía. Después volverá la normalidad. Qué sería de mí sin este cuarto de los espíritus.

Creo que ahora escucharé La Pasión según San Mateo, de Bach. Necesito algo trascendente para contrarrestar tanta intrascendencia que flota en el ambiente, tanta tontería que respiro cada vez que salgo a dar una vuelta o a beber una copa. Escuchar la Pasión y continuar escribiendo. Sí, esto es lo mejor que puedo hacer esta tarde; porque lo cierto es que hoy no me apetece follar, tratar de conquistar una sudada entrepierna más y colgar un nuevo trofeo en mi ego. Hasta el meterla se vuelve una rutina en verano.

Avanza la tarde. La temperatura ha subido hasta los 33º C. Recibo otro email que me interesa y que leo, de Julia. Sólo de pensar en la posibilidad de unos vinos con ella, en Madrid, me pone los dientes largos. Quizá hasta hablemos de Lisboa.

Tanto Bach me abruma, me hace ver tristeza por todos lados. Lo quito y vuelvo al mundo californiano. Mejor la música de Clinic, con su canción Country Mile. Su bajo retumba en mi cabeza, penetra en todo mi cuerpo, haciendo que escriba a pequeños saltos, como si fuera un minúsculo saltamontes color verde pálido, y aunque tenga fobia a cualquier insecto, por inofensivo que éste sea. Los niños y los insectos no encajan en mi vida. Tampoco me gustan los gusanos, sobre todo cuando pienso en que algún día acabarán dándose un festín con mi cuerpo. Así revienten todos. Si piensas mucho en ello es como para volverse loco. Una solución sería la de arder, pero la idea también me horroriza. Además, odio el calor. Ya tengo suficiente con el verano.

El despertar

Me he despertado demasiado pronto, antes de acordarme siquiera del día que es. El cielo gris, gotas de lluvia sobre los cristales de la ventana. Ninguna conclusión en claro. El primer cigarrillo me gusta fumarlo sin conclusiones, obstinadamente aferrado a la incertidumbre, al deseo de que el sueño continúe más allá de la noche. Fumo en estado confuso, aturdido, si lo prefieres así, ensimismado con las gotas que resbalan sobre la fría superficie del cristal. Fumo, asimismo, amodorrado y con la sensación de que me falta el primer café de la mañana y también sin estar seguro de nada, como si anduviera de prestado por el mundo. Así es como me llegan los recuerdos, asomado a una ventana en una fría mañana de lluvia, con el cigarrillo entre los dedos y sin ese primer café que aún no tomé. También pienso que las navidades quedaron por fin atrás, enterradas en el tiempo y que no quiero que nadie más me felicite el año. Con el cigarrillo entre los dedos me acuerdo de la borrachera de Nochevieja, de Marianus y de cómo acabamos cada uno por un lado, sin acordarnos de nada de la noche, después de cierto momento en que nuestros límites se desbordaron.

Voy a tomarme el día libre y también me voy a tomar un café con leche, de puchero. Mañana será otro día. 

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Qué importa, creo que duermo.

16 Diciembre 2008 Javier Luján 3 comentarios

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No estoy en Acapulco, México. Estoy en San José, Almería. Agua salada en ambas orillas; pero aguas distintas, en definitiva. Aquí hace frío, un intenso frío que me mantiene en la cama la mayor parte del día a causa de un traicionero resfriado. Leo, pienso, escucho música, navego por internet; pero no se me pone dura. Mis deseos sexuales bajo mínimos. Hasta me da cosa mirar a mi, supuesto, miembro viril. Pobrecito: arrugado, lacio, decaído… Que más da que afuera, en la calle, haga sol si no tengo ganas de escribir, ni de entrar dentro de ti, aunque tú, hábil y pacientemente, lo intentes en mi imaginación; pero tirito y una nueva ola de mareos me envuelve, emborronando mi imaginación y logrando que deje de sentir tus manos sobre mi cuerpo, delicadas, calientes. Vuelve este extraño sopor, cierro los ojos. Ya no estás, nunca has estado, a pesar de que siempre te sienta tan cerca de mí en los sueños, en mi vida diaria. Todo esto dura tanto tiempo que ya me parece eterno. No puedo evitar pensar que, paradójicamente, te has convertido en ese anónimo símbolo de mi amor. Sé que estoy ahora mismo demasiado aturdido para analizar como es debido la situación y que sólo necesito seguir escuchando, desde lejos, esa “misa en si menor”, de Bach, que suena continuamente desde hace horas, sin detenerse, embriagado también por ella, por ese continuo bucle que intenta simular la eternidad en un breve territorio del presente. Sonrío, al menos mi espíritu sube, se alza, junto a mi temperatura corporal. Qué importa, creo que duermo.

Solo en casa

21 Noviembre 2008 Javier Luján 6 comentarios

escalera

Lo mejor de vivir solo es que nunca falta la intimidad. Nadie abre y cierra las puertas, nadie molesta con su presencia o con alguna pregunta del tipo: “¿Qué haces?”. Únicamente hay que protegerse del vacío, no precipitarse en ese abismo que es la soledad.

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Un día cualquiera, al azar

17 Noviembre 2008 Javier Luján 3 comentarios

cena

Anoche escogí un día cualquiera al azar y me puse a pensar en lo diferente que podría haber sido viviéndose de otra manera. Era un día cualquiera, al azar, y estábamos todos muertos, sentados alrededor de la mesa, con la cena aún caliente sobre los platos y los cigarrillos sin apagar, humeando y manchando el mantel de ceniza. Nadie opinaba sobre nada ni tenía prisa. Por las ventanas abiertas del salón entraba una fina lluvia. Por lo visto iba a continuar el mal tiempo y esas deprimentes, nubes grisáceas sobre el cielo de la ciudad.

Almudena miraba a Eduardo, Mónica mantenía su vista fija en Glôria. Nicole observaba, a la vez, su plato y ese salón que era nuevo para ella y me miraba a mí, insistentemente, en busca de algún tipo de apoyo que, simultáneamente, la ubicara y justificara en esa escena en la que no se sentía encajar. Felicidad y Marco descorchaban las botellas de vino que reunimos para la cena, una verdadera colección de caldos portugueses y españoles. Mariano y José Manuel, recién llegados esa misma noche de Madrid, cataban los diferentes vinos repitiendo una y otra vez: ¿éste?, estrenando borrachera en Lisboa. Sí, todos estábamos muertos en esa noche que ahora imagino de otra manera diferente a como transcurrió en verdad, si es que algo tan categórico existe, porque era Glôria la que miraba a Mónica y Nicole aún no había aterrizado en Lisboa o quizá sí estuviera ya formando parte de la escena de la morgue de rua das palmeiras y yo no tenía ojos para ella (¿los tuve alguna vez, aparte de cuando la conocí en la terraza de La Suiza?). Nicole fue mi amor desaprovechado de Lisboa, como también lo fue Felicidad. Suele suceder cuando se imaginan noches de primavera en otoños áridos de sentimientos y las primeras gotas del rocío se adhieren a la ropa esparcida por el jardín, ante la indolencia de los días que pasan lentamente, consumiendo el poco oxígeno que queda en mis venas, fugitivos y esquivos, asomado a la ventana del recuerdo de lo que una vez pudo pero no fue. ¿Es mejor enamorarse en el recuerdo y volver la espalda al presente, sufrir heridas imaginarias en lugar de reales?

Todo era tan confuso que ya no sabía lo que era verdad y lo que era imaginario. Mirábamos los platos y nadie apagaba ese cigarrillo que seguía consumiéndose entre los dedos, sin dejar de beber y callando en tres idiomas distintos, ansiosos por que nuestros sueños ocultos se transformasen en realidad. Sueños llenos de humedad, de sexo adornado de pseudosentimientos amorosos y, quizá, altruistas, para que resultaran ante nuestros ojos un poco menos grotescos de lo que en verdad por sí eran. Mariano sueña con Nicole, con un punto concreto de su entrepierna. Marco sueña con Eduardo. Felicidad siente dentro de ella la vibrante llamada de su jungla particular latiendo en las paredes de su cálida y dilatada vagina, llena de semen añoso y de deseos de noches locas en los más varipintos antros étnicos de la ciudad. Glôria sueña con el olimpo de su poeta preferido, ese amor tan platónico que la aparta del goce de cualquier otro cuerpo real. Mónica sueña con un wonderbra y conmigo desabrochándole. José Manuel sueña que sueña que continúa donde ya no está ni estará más. Eduardo sueña en comida, en grandes dosis de cualquier cosa comestible. Nicole sueña que soy su salvador de ese infierno del Carlos de mierda que sólo pretendía chulearla lo más rápidamente posible . Y yo sueño que no existo más que en el fondo de una botella y que coño tras coño, recuperaré el Coño Divino, aquel donde hundirme por una eternidad y no tener nunca más delante de mí esa imagen del río, impávida, desgarradora, con el puente 25 de abril colgando de mi propio vacío, ni ese recuerdo enquistado del sonido de unos pasos vacilantes caminando sobre el encharcado pavimento que devuelve, irremisiblemente, el reflejo de esa mirada perdida en él.

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Remember

13 Noviembre 2008 Javier Luján 7 comentarios

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Me gustaría intuir si las palabras pueden cambiar algo de la vida. La literatura como terapia poco consistente, como antídoto ante la existencia escapándose a raudales entre el vacío de no saber vivir, de no querer aceptar y comprender los hechos que van sucediéndose en torno a mí. Así es difícil poner orden en medio del caos y más cuando no se quiere.

Muchas veces prefiero alimentarme de recuerdos más que de la propia vida presente. Es tan sencillo cerrar los ojos, en mitad de la página de un libro, y dejarse transportar por una ola de sensaciones que te van calentando interiormente, haciendo revivir momentos hasta entonces no recordados. Es como volver a reconstruir esos instantes nuevamente; pero con la experiencia del fracaso diciéndote que tampoco entonces importaba nada y que lo único que merecía la pena era guardar esas reminiscencias para volver a soñarlas un día cualquiera, con un vaso de whisky en la mano, como hoy. Recuerdos de ese viaje a Zürich con Juanjo, mi encuentro premeditado y con alevosía con Fuen, de mi posterior boda con ella, el nacimiento de mi hijo, mi separación de ella, el divorcio, los días pasados junto a ella en la planta de psiquiatría, tras su certera enajenación, Almudena, Marianus… Recuerdos y más recuerdos. Es increíble la de cosas que se pueden rememorar; es como si estuviéramos constituidos de recuerdos en lugar de carne y hueso. Recuerdos en forma de larvas embrionarias que van devorándome sin remisión. Aunque tampoco sé si los recuerdos son buenos o malos; pero no puedo huir de ellos, porque ya sólo soy eso: puro recuerdo envuelto en una densa nube de amnesia.

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¿No quiero cerrar los ojos?

25 Septiembre 2008 Javier Luján 7 comentarios

Sí, un escritor tiene que pensar antes de escribir, cerrar los ojos y dejar que el recuerdo o la fantasia desfile ante su deseo. Da lo mismo que sean situaciones reales o ensoñaciones, el resultado es el mismo, igualmente perturbador, inquietante. Llega un punto en el cual todo se confunde, se vuelve una especie de pesadilla donde los párpados no responden y la respiración se acelera, el corazón late más deprisa y te sientes desfallecer. No quiero cerrar los ojos.

TE ESPERO FUERA

25 Septiembre 2006 Javier Luján Deja un comentario

¿Escribir para dar luz a esa vida que a veces creemos vivir, sin sentir placer en ello? Vivimos, recordamos y olvidamos. Afortunadamente, claro. Aunque imagino que ciertas situaciones sería mejor no vivirlas y otras no olvidarlas. Tampoco estoy muy seguro de esto último.
Espero que nadie me recuerde nunca quien fui y poder refugiarme en el olvido, en la satisfacción de no ser nada, ni nadie, sólo alguien cansado de haber vivido.