Follando en Madrid
Todos están hablando en pequeños grupos. Al final somos unos veinte para la cena. Marianus está desbordado y medio borracho. Unos cuantos han bajado a comprar algunas raciones. Imposible alimentarnos todos con los que habíamos preparado entre los dos por la tarde. Estoy contento, más de dos tercios de los invitados son mujeres. A algunas ni las conozco, son compañeras de trabajo de Marianus. Mejor así, mayor incertidumbre. No hay rastro ni de Mara, ni de Paloma. Tampoco han llamado por teléfono para decir si venían o no venían. Y yo que quería ser su voyeur particular, el escriba de sus intimidades más oscuras. Veo a unas cuantas caras señalándome con la cabeza y preguntando que quién soy yo. Miro hacia ellas y sonrío. Sin duda son las compañeras de Marianus, de la agencia antidopaje, tiene cojones… La agencia antidopaje hay que reconocer que tiene una plantilla que sabe escoger a sus empleadas, al menos por su aspecto físico. Todas están buenísimas. Me acerco a Marianus y le digo que me tiene que presentar a sus compis, que me muero por que me hagan un test de orina antidopaje. Mearé las veces que haga falta, una vez con cada una. “Ni se te ocurra pasarte con ellas, chaval”, me responde Marianus intentando parecer serio. “¿Qué pasa, qué son todas vírgenes y las quieres estrenar tú o es que son demasiado cachondas y me quieres proteger de ellas?” le respondo cogiéndole del brazo y tirando de él hacia donde está el grupito de las bellas damiselas. Marianus nos presenta: Felicia, Irene, Maika y Rosa.. Brindamos juntando nuestras copas. Son simpáticas las de la agencia antidopaje. A falta de Mara y Paloma me quedo junto a ellas. Les sirvo una nueva ronda de bebidas y les acerco unos canapés de salmón y queso fresco. En un rincón del salón alguien está preparando unas grandes rayas de Speed. Rosa me mira y me hace un gesto con la cabeza. La acompaño hasta la mesa baja y de rodillas nos metemos un buen par de lonchas. “Dios, como pica…”. “Si, es del bueno. Vamos a tomar otra, Javier, esta noche me siento extraña, ansiosa de todo”. Cuando me levanto siento el corazón a mil por ahora, me late hasta la polla al ritmo de cientos de tambores africanos alrededor de una hoguera en una noche oscura de la sabana. Me sujeto a Rosa para tratar de no despegar del suelo, no quiero levitar por el momento. Ella, a su vez, me mete la lengua hasta la garganta. Sin romanticismos. También sin romanticismos mis manos palpan sus nalgas, las aprieto con fuerza con los diez dedos de mis manos. Y son tan redonditas y prietas como el culo de una cría de orangutan hembra. La llevo hasta la terraza. Nos acurrucamos detrás de las tumbonas, lo más ocultos posible a la vista de los demás.
La humedad de su coño es como la humedad de la aurora: limpia y sin pudor. Me demoro en él, mordisqueándolo, metiendo la lengua por todos los resquicios y por todos sus pliegues. Es un coño tan bonito que me hace llorar. Mi cabeza hace movimientos absurdos mientras continúo horadando su hermoso agujero a ritmo de mambo. Lamo y lamo, absorbo, chupo, escupo, vuelvo a absorber, hundo mis narices entre su raja, aspiro el aroma de la aurora y pienso que la felicidad es esto y sólo esto, comerse un coño rosado en la terraza de Marianus mientras los ojos de Felicia nos espían a través de las cortinas. Nos espía y jadea, quedamente, cada vez que sus dedos rozan levemente la tela de sus bragas blancas en la zona donde una mancha señala la secreción de su fluido. Si, también siento deseos de remover la matriz de Felicia. Le hago un gesto con mi mano para que se acerque hasta nosotros. Aparta las cortinas y se tiende en el suelo. Sigue tocándose mientras agarra mi pene y se lo mete en la boca. Empieza a mamar como una poseída, es una máquina succionadora con el motor a sus máximas revoluciones. Le aparto las manos de las bragas y meto tres dedos en su hendidura carnal, la remuevo y con un poco más de esfuerzo tengo todo mi puño dentro de ellas. Debo de estar haciéndola cosquillas en los ovarios. Empujo un poco más hacia el fondo. Ella brama. Es hora de que nos vayamos los tres a mi dormitorio.
















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