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Archivo para la Categoría "Creación literaria"

Follando en Madrid

22 Agosto 2009 Javier Luján 6 comentarios

Todos están hablando en pequeños grupos. Al final somos unos veinte para la cena. Marianus está desbordado y medio borracho. Unos cuantos han bajado a comprar algunas raciones. Imposible alimentarnos todos con los que habíamos preparado entre los dos por la tarde. Estoy contento, más de dos tercios de los invitados son mujeres. A algunas ni las conozco, son compañeras de trabajo de Marianus. Mejor así, mayor incertidumbre. No hay rastro ni de Mara, ni de Paloma. Tampoco han llamado por teléfono para decir si venían o no venían. Y yo que quería ser su voyeur particular, el escriba de sus intimidades más oscuras. Veo a unas cuantas caras señalándome con la cabeza y preguntando que quién soy yo. Miro hacia ellas y sonrío. Sin duda son las compañeras de Marianus, de la agencia antidopaje, tiene cojones… La agencia antidopaje hay que reconocer que tiene una plantilla que sabe escoger a sus empleadas, al menos por su aspecto físico. Todas están buenísimas. Me acerco a Marianus y le digo que me tiene que presentar a sus compis, que me muero por que me hagan un test de orina antidopaje. Mearé las veces que haga falta, una vez con cada una. “Ni se te ocurra pasarte con ellas, chaval”, me responde Marianus intentando parecer serio. “¿Qué pasa, qué son todas vírgenes y las quieres estrenar tú o es que son demasiado cachondas y me quieres proteger de ellas?” le respondo cogiéndole del brazo y tirando de él hacia donde está el grupito de las bellas damiselas. Marianus nos presenta: Felicia, Irene, Maika y Rosa.. Brindamos juntando nuestras copas. Son simpáticas las de la agencia antidopaje. A falta de Mara y Paloma me quedo junto a ellas. Les sirvo una nueva ronda de bebidas y les acerco unos canapés de salmón y queso fresco. En un rincón del salón alguien está preparando unas grandes rayas de Speed. Rosa me mira y me hace un gesto con la cabeza. La acompaño hasta la mesa baja y de rodillas nos metemos un buen par de lonchas. “Dios, como pica…”. “Si, es del bueno. Vamos a tomar otra, Javier, esta noche me siento extraña, ansiosa de todo”. Cuando me levanto siento el corazón a mil por ahora, me late hasta la polla al ritmo de cientos de tambores africanos alrededor de una hoguera en una noche oscura de la sabana. Me sujeto a Rosa para tratar de no despegar del suelo, no quiero levitar por el momento. Ella, a su vez, me mete la lengua hasta la garganta. Sin romanticismos. También sin romanticismos mis manos palpan sus nalgas, las aprieto con fuerza con los diez dedos de mis manos. Y son tan redonditas y prietas como el culo de una cría de orangutan hembra. La llevo hasta la terraza. Nos acurrucamos detrás de las tumbonas, lo más ocultos posible a la vista de los demás.

La humedad de su coño es como la humedad de la aurora: limpia y sin pudor. Me demoro en él, mordisqueándolo, metiendo la lengua por todos los resquicios y por todos sus pliegues. Es un coño tan bonito que me hace llorar. Mi cabeza hace movimientos absurdos mientras continúo horadando su hermoso agujero a ritmo de mambo. Lamo y lamo, absorbo, chupo, escupo, vuelvo a absorber, hundo mis narices entre su raja, aspiro el aroma de la aurora y pienso que la felicidad es esto y sólo esto, comerse un coño rosado en la terraza de Marianus mientras los ojos de Felicia nos espían a través de las cortinas. Nos espía y jadea, quedamente, cada vez que sus dedos rozan levemente la tela de sus bragas blancas en la zona donde una mancha señala la secreción de su fluido. Si, también siento deseos de remover la matriz de Felicia. Le hago un gesto con mi mano para que se acerque hasta nosotros. Aparta las cortinas y se tiende en el suelo. Sigue tocándose mientras agarra mi pene y se lo mete en la boca. Empieza a mamar como una poseída, es una máquina succionadora con el motor a sus máximas revoluciones. Le aparto las manos de las bragas y meto tres dedos en su hendidura carnal, la remuevo y con un poco más de esfuerzo tengo todo mi puño dentro de ellas. Debo de estar haciéndola cosquillas en los ovarios. Empujo un poco más hacia el fondo. Ella brama. Es hora de que nos vayamos los tres a mi dormitorio.

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Empalmado en Madrid

19 Agosto 2009 Javier Luján 4 comentarios

Despierto del sueño matutino en la terraza a eso de las 13.00 h. Dentro de la casa no se oyen ruidos, aún debo de estar solo. Me encuentro mejor, mucho mejor. Sin duda, el descanso me ha sentado bien. Miro a mi alrededor y me digo en voz alta que he regresado a Madrid, aunque éste no sea un regreso definitivo. ¿Regresaré algún día a Madrid para quedarme? Hay otras ciudades que me atraen para vivir, desde luego; pero Madrid tiene un par de ventajas sobre las demás: que es la ciudad donde nací y viví y que se encuentra en el centro mismo de la península, con lo cual tienes a mano, y a una distancia relativamente cómoda, cualquier punto de la misma.

Me demoro debajo del chorro de la ducha. El agua fría me revitaliza por completo, aleja de mí cualquier resto etílico de la noche. Me cambio de ropa y aprovecho para sacar del bolso el ordenador. Lo abro y me conecto a una red wi-fi cualquiera, de las muchas disponibles. Empiezo a escribir mis primeras impresiones de mi vuelta al hogar: “Me despierto en una habitación que no es la mía. En la cama no hay nadie más. Miro el reloj y veo que son las nueve y media de la mañana. La boca me sabe a alcohol, a pozo sin fondo. Doy un rápido vistazo al cuarto. Sobre la mesilla de noche hay un libro, con un marcador entre sus páginas. Es un volumen bastante grueso…”. Mientras continúo escribiendo pienso que quizá lo cuelgue en el blog. Es una historia más que se puede literaturizar, tratar de que deje se ser solamente el recuento de unos pasos ebrios por las aceras de la ciudad. Sigo tecleando y mirando la pantalla, tratando de adivinar qué palabras vendrán a continuación de las ya escritas, de esas que ya han dejado de preocuparme. Y pienso que escribo como vivo, sin vuelta atrás posible. Claro, que volver a Madrid no sería un vuelta atrás. Sería un punto y aparte, el principio de algo independiente aunque relacionado con todo lo anterior. Nada que ver con un punto y seguido. Un punto y seguido es ésta visita a la ciudad. Una visita de reconocimiento, de acercamiento previo para ver si surge nuevamente la seducción entre la urbe y yo; pero soy consciente que aún me queda una espera indeterminada antes del posible regreso, si es que decido volver y no buscar un nuevo destino o regresar a una de las ciudades en las que he vivido anteriormente. Es cierto, el corazón lo tengo dividido entre varias ciudades. Me pasa lo mismo que con las mujeres, nunca seré completamente fiel a ninguna, a pesar de lo mucho que las pueda llegar a amar.

Me levanto a por un vaso. Voy con él en la mano hasta el mueble bar. Abro la botella de White Label y echo un trago largo. Vuelvo a inclinar la botella y vierto un poco más de su contenido. Total, nunca es demasiado pronto para empezar a beber. Releo lo escrito hasta ahora, mientras voy bebiendo a pequeños sorbos, sin prisa, sabiendo que tengo todo el día y los próximos, si quiero, para tocarme los cojones. No me espera nadie en ningún sitio y no echo de menos a nadie, tampoco. Me siento libre. Miro entre los cd’s de Marianus buscando algo de música para escuchar mientras escribo, algo que me recuerde que me siento libre, sin ataduras. Pongo una canción de 3 Doors Down, “It’s Not My Time” y continuo buscando. Al final me decido por un cd completo de Césaria Évora, “Café Atlántico”. Cuando empieza a sonar me siento frente al ordenador y tecleo lo que recuerdo de la noche anterior, lo poco que recuerdo. La imagen de Mara y Paloma, en Los Gabrieles, viene a  mi mente y no soy capaz de saber si llegué o no llegué a entrar con ellas en los servicios, si me cerraron la puerta en las narices o me dejaron pasar con ellas para presenciar en primera línea sus respectivas micciones. Todos íbamos lo suficientemente colocados para eso y para mucho más. Tampoco sería lo más escandaloso que hemos hecho los tres juntos. Nos conocemos hace años y hemos pasado por miles de situaciones de todos los colores. Pensar en ellas meando me provoca una erección. Siento como mi verga crece y crece libremente, tan libremente como yo me encuentro. También me empalma la posibilidad de que las dos vengan a cenar esta noche para continuar siendo su voyeur particular de meadas, su suave papel higiénico de varios usos y su confidente de conversaciones  privadas de lavabo. Todo es posible cuando la amistad está entremedias.

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El cielo de Madrid

17 Agosto 2009 Javier Luján 4 comentarios

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Me despierto en una habitación que no es la mía. En la cama no hay nadie más. Miro el reloj y veo que son las nueve y media de la mañana. La boca me sabe a alcohol, a pozo sin fondo. Doy un rápido vistazo al cuarto. Sobre la mesilla de noche hay un libro, con un marcador entre sus páginas. Es un volumen bastante grueso. Me acerco hasta él y compruebo que se trata de El Quijote, en edición de Aguilar. No veo ningún otro libro por la habitación, sólo El Quijote. En la pared de enfrente hay colgada una reproducción de la Habitación de Arlés, de Van Gogh. A la izquierda, un escritorio con un portátil y unos cuantos cuadernos apilados. Todo está perfectamente ordenado y limpio. Respiro hondo, tratando de que todo me deje de dar vueltas y de paso recordar dónde coños estoy.

Me acerco a la ventana y subo la persiana. Lo que veo son edificios, muchos edificios, y a mi izquierda el Retiro. Por fin me ubico. Estoy en Madrid, en la casa de Marianus. Debería de sentirme un poco más feliz de estar nuevamente de vuelta, después de año y medio. Lo intentaré. Me prometo que lo intentaré si soy capaz de encontrar un Alka Seltzer en la cocina. Marianus es un consumidor habitual de dicho producto y, si no recuerdo mal, siempre tiene a mano alguna caja junto a los tazones del café. Sobre la repisa de la cocina me encuentro la cafetera con café caliente y a su lado la caja de Alka Seltzer y una nota. La leo mientras apuro de un trago el burbujeante potingue: “Imagino que necesitarás esto cuando despiertes. Anoche la pillaste buena. No paraste de beber desde que bajaste del tren. He salido a comprar para la cena de esta noche, invitaste a ella a medio Madrid, a medio Madrid femenino, claro. Luego nos vemos. El whisky está donde siempre. Deja algo, aunque compraré un par de botella más, por si acaso. ¡Ah!, y bienvenido”. Me digo que el mundo se divide en dos, los detallistas y lo no detallistas. Marianus, desde luego, pertenece a los primeros. Yo a los segundos. Escribir te vuelve egoísta.

Salgo a la terraza y me recuesto sobre una tumbona con la esperanza de sobreponerme a la resaca. Cierro los ojos y trato de recordar algo de la noche anterior. Me veo abrazando a Marianus en la estación y luego cenando y bebiendo vodka en el restaurante Olsen. Recuerdo que de allá salí ya bastante perjudicado. Nos adentramos por Huertas y acabamos recorriendo varios locales de Santa Ana y alrededores. Nos tomamos unas copas en el Café Central, después en el Viva Madrid, en Carbones 13… y … La mente en blanco. Amnesia total. Sí, también consigo acordarme algo de Los Gabrieles, allí nos encontramos con Mara y Paloma e intenté meterme con ellas en los servicios, quería ver cómo meaban, qué es lo que hacían dos chicas tan amigas mías en el baño. Hasta ese momento llegaba. Inútil tratar de recordar algo más. Poco a poco vuelvo a quedarme dormido viendo el cielo de Madrid.

Mamás en topless

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Me levanté por la mañana con una inesperada energía. Sin desayunar me lancé a la calle, como si realmente tuviera que ir a algún sitio a toda prisa. Mis pensamientos eran cortas ráfagas, que se extinguían rápidamente con un pensamiento distinto. Cabalgaba sobre las ideas, a lomos de infinitas cavilaciones, de trompicón en trompicón. Al mirar el reloj vi que sólo eran las nueve. Aceleré el paso sin ninguna necesidad, nadie me esperaba. Pese a lo temprano del día el sol caía a plomo sobre mi espalda. No corría ni una gota de aíre. Era una sensación opresora. Costaba trabajo hasta el respirar normalmente. Empecé a sudar unas gruesas gotas que me escurrían por todo el cuerpo. Me metí en un bar buscando un café con leche y un buen chorro de aíre acondicionado. También pedí media tostada de tomate, que me comí mientras hojeaba el periódico. Éste contenía varias páginas repletas de fotografías, del día anterior, de las playas de la provincia, llenas de personas tomando el sol o remojándose en el agua, de estupendas mamás en topless, que con sus piernas abiertas parecían incitar a una observación mucho más atenta de esas rajitas que se insinuaban bajo la humedecida tela del bikini. El verano parecía haberse instalado en Almería, definitivamente. Tanto calor me hacía sospechar que no era el mejor tiempo para encerrarse a escribir una novela y ésas fotografías parecían confirmar que lo que verdaderamente había llegado era la temporada de la jodienda.

Lo único malo de todo esto era que yo necesitaba escribir una maldita novela para poder seguir escribiendo. Resultaba un poco paradójico y lo sabía. Pero lo cierto es que no me apetecía seguir trabajando para nadie y la única manera que se me ocurría para subsistir, sin trabajar como esclavo asalariado, era escribiendo una maldita novela, que me abriera el camino para poder seguir escribiendo, donde y cuando quisiera, sin esas ataduras de un trabajo sedentario, con un deprimente y monótono horario, casi siempre abusivo. Si tenía que pasarme diez o doce horas diarias con la espalda agachada prefería hacerlo para mí, a mi propio ritmo y sin la tensión añadida de tener que gustarle a un jefe, que lo único que pretenderá, generalmente, es amargarte el día para sentirse él así un poco mejor, un poco menos mierda de lo que su propia razón le dice.

Fui dando un paseo hasta la playa. A esas horas ya había una numerosa cantidad de cuerpos despatarrados sobre las toallas y embadurnados con pringosos productos para intentar protegerse de aquellos abrasadores rayos solares, a los que se habían expuesto voluntariamente, y que caían sin piedad sobre ellos. Me senté en el paseo marítimo, en un banco a la sombra, para contemplar tranquilamente a toda aquella fauna que se desplegaba ante mis ojos. Me entretuve haciendo unas cuantas fotografías y tomando algunas notas fragmentarias en la libreta. Incluso imaginé a Georges Perec haciendo una exhaustiva enumeración de todos aquellos sucesos que se desarrollaban ante su muy experta y escrutadora mirada en acontecimientos insignificantes.

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Segundo día de verano

No puedo evitar sonreír irónicamente cuando por la imaginación empieza a rondarme algo así como la idea de una acuciante necesidad de comenzar a escribir inmediatamente, como si en estos momentos pudiera expresar algo coherente, y hasta me siento tentado de sentarme frente al ordenador, e imaginar mi repentina necesidad de escribir como propio material de escritura. Después he escuchado una bonita canción y algo se ha removido en mi interior, automáticamente. Me he dado cuenta que no soy perfecto y que por el contrario me falta mucho para considerarme una buena persona. La canción ha finalizado y yo he continuado pensando más o menos lo mismo. Después ha sonado otra canción, también de las que conectas con ella instintivamente, sin el menor esfuerzo intelectual, una canción de Mundo Livre SA, Lounge brasileño. Me pongo a pensar que si el diablo fuera el bueno y dios el malo quizá existiría mucha más justicia que la que hemos tenido hasta el momento. Además, los verdaderos malos,  deben de pintar a los buenos como malos; imagino que yo lo haría, más que nada por despistar un poco o por ser un poco más malo, que demonios, ya puestos… El sonido de Slayer siempre me ha traído a la mente al Papa, a cualquiera de ellos, por eso he pensado ahora mismo en Ratzinger y en los buenos malos y en esa Stairway to Heaven sin peldaños, ja. Y yo sin whisky, como los niños buenos, escribiendo directamente en el ordenador, cosa rara en mí (escribir).

En el ordenador, a parte de lo que escribo y de la música, tengo una reducida videoteca de porno, a la que actualizo regularmente por eso de la variedad y de no repetir demasiado con la misma pornostar, quizás por temor a enamorarme o a ser fiel, innecesariamente. Resumiendo, que el ordenador para mí es como la Santísima Trinidad: escritura, música y sexo enlatado, todo reunido en un sólo y verdadero aparato, a golpe de tecla. Viendo uno de esos vídeos, llegué a la conclusión de que no es aconsejable hablar cuando te están haciendo una fellatio, lo único que se consigue con ello es desconcentrar a nuestra acompañante ocasional, al tener que atender ésta a dos cosas al mismo tiempo, succionar y escuchar, con la notoria perdida de intensidad en la primera de ellas. En el fondo deberíamos hablar, y escribir, menos. Vamos, vivir más la vida, sabiendo quienes son los buenos y quienes los malos; o sin saberlo, pero intentándolo.

Desaparecer

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Desde hacía tiempo no hablábamos, nos manteníamos alejados por cualquier motivo, como si buscáramos, conscientemente, evitarnos lo más posible, ahorrarnos unos instantes de mutua contemplación y de aquel extraño reconocimiento del uno en el otro, de esa apatía que nos corroía sin descanso, tenazmente. Cuándo decidí mirarla y la observé en silencio, durante unos instantes, no pude evitar cerrar el móvil y desaparecer para siempre. La vida era demasiado tentadora como para seguir perdiendo el tiempo indefinidamente. Y ella lo sabía; pero, en cambio, permaneció con el teléfono pegado a su oído, la mirada fija en las puntas de sus zapatos, sin saber, aún, que la conversación había concluido.

Entonces, mientras me alejaba, recordé su vientre; siempre me había gustado apoyar mi cara sobre él, para sentir la tibieza de su piel o para encogerme en mitad de ese miedo repentino, que solía asaltarme cada vez que sentía el paso del tiempo, su lento pero constante fluir, acechando en torno a mí. Eran sus caricias las que me calmaban en esos momentos de angustia. Sus dedos rozando mis sienes, el arqueo del vientre al ritmo de cada nueva respiración de su cuerpo, más acelerado a medida que mis labios iban acercándose a su ya húmeda entrepierna, en la que tantas veces había intentado desaparecer o dar la espalda, definitivamente, a ese mezquino tiempo que no cejaba en su intento de perpetuar la lóbrega penumbra de la monotonía. Acabé sentándome en un banco de piedra en la plaza. Resultaba tan difícil pretender desaparecer en plena erección, al menos con cierta dignidad.

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Cuestión de ambiente

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—Entonces, ¿cuál sería el mejor ambiente para un escritor?
—El arte tampoco tiene nada que ver con el ambiente; no le importa dónde está. Si usted se refiere a mí, el mejor empleo que jamás me ofrecieron fue el de administrador de un burdel. En mi opinión, ese es el mejor ambiente en que un artista puede trabajar. Goza de una perfecta libertad económica, está libre del temor y del hambre, dispone de un techo sobre su cabeza y no tiene nada qué hacer excepto llevar unas pocas cuentas sencillas e ir a pagarle una vez al mes a la policía local. El lugar está tranquilo durante la mañana, que es la mejor parte del día para trabajar. En las noches hay la suficiente actividad social como para que el artista no se aburra, si no le importa participar en ella; el trabajo da cierta posición social; no tiene nada qué hacer porque la encargada lleva los libros; todas las empleadas de la casa son mujeres, que lo tratarán con respeto y le dirán “señor”. Todos los contrabandistas de licores de la localidad también le dirán “señor”. Y él podrá tutearse con los policías. De modo, pues que el único ambiente que el artista necesita es toda la paz, toda la soledad y todo el placer que pueda obtener a un precio que no sea demasiado elevado. Un mal ambiente sólo le hará subir la presión sanguínea, al hacerle pasar más tiempo sintiéndose frustrado o indignado. Mi propia experiencia me ha enseñado que los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky.

Willian Faulkner

Es imposible explicar cómo se escribe un buen libro, es decir, un libro que sea ameno. Pero esto es lo que hace que la profesión de escritor sea animada y apasionante: la constante posibilidad de fracasar.

Patricia Highsmith

Cartas a un joven novelista

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  1. Sólo quien entra en literatura como se entra en religión, dispuesto a dedicar a esa vocación su tiempo, su energía, su esfuerzo, está en condiciones de llegar a ser verdaderamente un escritor y escribir una obra que lo trascienda.
  2. No hay novelistas precoces. Todos los grandes, los admirables novelistas, fueron, al principio, escribidores aprendices cuyo talento se fue gestando a base de constancia y convicción.  
  3. La literatura es lo mejor que se ha inventado para defenderse contra el infortunio.  
  4. En toda ficción, aun en la de la imaginación más libérrima, es posible rastrear un punto de partida, una semilla íntima, visceralmente ligado a una suma de vivencias de quien la fraguó. Me atrevo a sostener que no hay excepciones a esta regla y que, por lo tanto, la invención químicamente pura no existe en el dominio literario.  
  5. La ficción es, por definición, una impostura -una realidad que no es y sin embargo finge serlo- y toda novela es una mentira que se hace pasar por verdad, una creación cuyo poder de persuasión depende exclusivamente del empleo eficaz de unas técnicas de ilusionismo y prestidigitación semejantes a las de los magos de los circos o teatros.  
  6. En esto consiste la autenticidad o sinceridad del novelista: en aceptar sus propios demonios y en servirlos a la medida de sus fuerzas. 
  7. El novelista que no escribe sobre aquello que en su fuero recóndito lo estimula y exige, y fríamente escoge asuntos o temas de una manera racional, porque piensa que de este modo alcanzará mejor el éxito, es inauténtico y lo más probable es que, por ello, sea también un mal novelista (aunque alcance el éxito: las listas de bestsellers están llenas de muy malos novelistas).  
  8. La mala novela que carece de poder de persuasión, o lo tiene muy débil, no nos convence de la verdad de la mentira que nos cuenta.  
  9. La historia que cuenta una novela puede ser incoherente, pero el lenguaje que la plasma debe ser coherente para que aquella incoherencia finja exitosamente ser genuina y vivir.  
  10. La sinceridad o insinceridad no es, en literatura, un asunto ético sino estético.  
  11. La literatura es puro artificio, pero la gran literatura consigue disimularlo y la mediocre lo delata.  
  12. Para contar por escrito una historia, todo novelista inventa a un narrador, su representante o plenipotenciario en la ficción, él mismo una ficción, pues, como los otros personajes a los que va a contar, está hecho de palabras y sólo vive por y para esa novela. 
  13. El de las novelas es un tiempo construido a partir del tiempo psicológico, no del cronológico, un tiempo subjetivo al que la artesanía del novelista da apariencia de objetividad, consiguiendo de este modo que su novela tome distancia y diferencie del mundo real.  
  14. Lo importante es saber que en toda novela hay un punto de vista espacial, otro temporal y otro de nivel de realidad, y que, aunque muchas veces no sea muy notorio, los tres son esencialmente autónomos, diferentes uno de otro, y que de la manera como ellos se armonizan y combinan resulta aquella coherencia interna que es el poder de persuasión de una novela.  
  15. Si un novelista, a la hora de contar una historia, no se impone ciertos límites (es decir, si no se resigna a esconder ciertos datos), la historia que cuenta no tendría principio ni fin.

Mario Vargas Llosa

Los silencios que no cesan

9 Diciembre 2008 Javier Luján 6 comentarios

Lucien Freud, Painter and Model 1987Lucien Freud, Painter and Model 1987

¿Eres o no eres? Responde, di algo, proyecta una presencia, un átomo de diálogo, unas frases aunque sean dichas al azar.

¿No quiero cerrar los ojos?

25 Septiembre 2008 Javier Luján 7 comentarios

Sí, un escritor tiene que pensar antes de escribir, cerrar los ojos y dejar que el recuerdo o la fantasia desfile ante su deseo. Da lo mismo que sean situaciones reales o ensoñaciones, el resultado es el mismo, igualmente perturbador, inquietante. Llega un punto en el cual todo se confunde, se vuelve una especie de pesadilla donde los párpados no responden y la respiración se acelera, el corazón late más deprisa y te sientes desfallecer. No quiero cerrar los ojos.