El cuaderno de espiral

Seven Figures, Bruce Nauman
Dos días encerrado en la habitación de un hotel de una gran ciudad, con las persianas bajadas y sin atreverme siquiera a asomarme tras ellas para ver el intenso ritmo de sus calles, el frenético tráfico que de alguna forma intuyo abajo, a sólo unas decenas de metros de donde me encuentro, envuelto en un antiguo batín anudado con un fino cordón. El minibar casi vacío y dos libros abiertos sobre la deshecha cama. La maleta aún sin vaciar en el otro extremo de la cama, en ese mismo que no ocupa nadie. Realmente no sé si es de noche o de día, no llevo reloj, no tengo sueño, no tengo hambre, sólo esta sed que soy incapaz de calmar. Sed e imágenes de una mano que se acerca a mí, despacio, en la oscuridad del cuarto, tratando de quitarme uno de los cuadernos de espiral, encontrados en el sótano de la casa de Cioran, en el Barrio Latino, por Simone Boulez, una anticuaria del Mercado de las Pulgas de París, en los cuales Cioran escribió una suerte de diario desde 1970 a 1982. Ese mismo cuaderno donde ahora estoy leyendo a la luz de una lámpara de mesa: “Kandinsky sostenía que el amarillo era el color de la vida. A lo mejor es por eso por lo que ese color daña a los ojos”.
Cierro el cuaderno y los ojos. Los vivos y los muertos poblamos los mismos espacios destartalados del presente; los unos proyectando una sombra sobre los objetos y los otros sin esa sombra visible, delatora de lo material.
















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