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Archivo para la Categoría "Cabo de Gata-Nijar"

Viejas canciones

31 Agosto 2009 Javier Luján 13 comentarios

Sólo la noche acompaña a esas viejas canciones que de vez en cuando suenan en mi cabeza, cuando todo lo demás permanece en silencio. Entre cigarrillo y cigarrillo canto miles de canciones sin fin, miles de estribillos que se pierden en el borde inconsistente de las finas volutas de humo. En el fondo soy feliz, estoy solo y no necesito a nadie. Miro hacia el cielo y únicamente veo estrellas solitarias, ninguna va cogida de la mano de otra. Como mucho, algún que otro satélite girando a su alrededor, en elíptica órbita cojonera.

Paro de canturrear y veo una entrevista a Vila-Matas, siempre tan suyo:

Sencillo, ser y no estar. Todo lo demás sobra, queda para los libros, para contárselo uno a sí mismo, en la penumbra del cuarto de los escritos, en esas tardes donde el sol ficticio se refleja en un espejo inexistente que devuelve una mirada perdida, que escapa al entendimiento, al simple raciocinio.

Vuelvo a estar en Almería, al lado del mar. Soy sin estar, escondido entre líneas que van creando una parte de mi vida.

Rutina veraniega

15 Agosto 2009 Javier Luján 4 comentarios

Un nuevo día de sol, con alguna que otra nube moteando el cielo. Temperatura: 31º C. Siguen llegándome emails que no me interesan, que ni siquiera leo. Sólo uno de Zabou me alegra la mañana. Zabou y yo discutimos a principios del verano. Parece ser que llega el momento de la reconciliación. Nos hemos desintoxicado el uno del otro, o casi. La verdad es que la echo de menos. Me falta ese cambio diario de impresiones con ella.

Sigo encerrado en casa, huyendo de la masa de turistas, sudando frente al ordenador o ante las hojas de un libro. Una situación perfecta si no fuera porque no estoy solo. Me gusta vivir solo, sin dar explicaciones de mis actos o tener que hablar cuando no me apetece. Afortunadamente sólo me quedan unos cuantos días más de compañía. Después volverá la normalidad. Qué sería de mí sin este cuarto de los espíritus.

Creo que ahora escucharé La Pasión según San Mateo, de Bach. Necesito algo trascendente para contrarrestar tanta intrascendencia que flota en el ambiente, tanta tontería que respiro cada vez que salgo a dar una vuelta o a beber una copa. Escuchar la Pasión y continuar escribiendo. Sí, esto es lo mejor que puedo hacer esta tarde; porque lo cierto es que hoy no me apetece follar, tratar de conquistar una sudada entrepierna más y colgar un nuevo trofeo en mi ego. Hasta el meterla se vuelve una rutina en verano.

Avanza la tarde. La temperatura ha subido hasta los 33º C. Recibo otro email que me interesa y que leo, de Julia. Sólo de pensar en la posibilidad de unos vinos con ella, en Madrid, me pone los dientes largos. Quizá hasta hablemos de Lisboa.

Tanto Bach me abruma, me hace ver tristeza por todos lados. Lo quito y vuelvo al mundo californiano. Mejor la música de Clinic, con su canción Country Mile. Su bajo retumba en mi cabeza, penetra en todo mi cuerpo, haciendo que escriba a pequeños saltos, como si fuera un minúsculo saltamontes color verde pálido, y aunque tenga fobia a cualquier insecto, por inofensivo que éste sea. Los niños y los insectos no encajan en mi vida. Tampoco me gustan los gusanos, sobre todo cuando pienso en que algún día acabarán dándose un festín con mi cuerpo. Así revienten todos. Si piensas mucho en ello es como para volverse loco. Una solución sería la de arder, pero la idea también me horroriza. Además, odio el calor. Ya tengo suficiente con el verano.

Una tarde cualquiera de agosto

14 Agosto 2009 Javier Luján 3 comentarios

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Esta tarde me ha dado por escuchar viejas canciones: Robert Palmer, Marvin Gaye, Beatles, Bob Seger, Freda Payne… Será para celebrar eso de que hoy es el día internacional de los zurdos o será por que estoy escuchando una emisora de radio de Los Ángeles, California. Al fin de al cabo este paisaje se parece mucho al californiano: palmeras, arena, tías en bikini, bicicletas, gente con patines, paseo marítimo, olas, surfistas… Sea por lo que sea, lo cierto es que estoy de revival, con la mano izquierda empuñando mi polla y escudriñando esas figuras en bikini, que tan sugerentemente se lucen, con todo descaro y parsimonia, ante mi sonrisa y mi privilegiada terraza de esta tarde. Me siento soez, sí; pero eso no importa cuando me llevo el vaso de whisky, repleto de hielos, hasta mis labios y siento esa sensación refrescante de completa impunidad ante la moral. La vida es sexo y da igual de que manera lo desarrolles, clavándola o masturbándote, al final el brote suele ser el mismo.

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El sonido de una ambulancia rompe el encanto de la tarde. La sirena inunda cada rincón del pueblo con la estridencia de su efecto Doppler, que se clava en mis oídos, inmisericordemente. Pienso que alguien se habrá ahogado o habrá estado a punto de hacerlo. Si permanecieran como yo, encaramado en una terraza y con los prismáticos sobre la mesa, otro gallo cantaría y yo no tendría que sufrir este lamentable ruido que enerva cada centímetro de mi ser y que rompe el ritmo de mi frotamiento genital. Ahora tendré que machacar hormigas con el dedo para tranquilizarme, algo sin una identidad concreta pagará las consecuencias. Y todo por un idiota que no sabe nadar y guardar la ropa o, al menos, no ahogarse en el intento. La ambulancia se aleja a toda velocidad y yo por fin consigo eyacular, gracias a la visión de tres armónicos culitos en su inclinación perfecta.

No te echaré de menos en septiembre

Mi nueva vecina se llama Peggy. Llegó de Madrid hace un mes y alquiló la casa justo al lado de la mía. Muy pronto entablamos conversación y nos tomamos unas cervezas en mi jardín, aprovechando el frescor del anochecer. Acabamos los dos borrachos, entre risas y los primeros besos terminaron por llevarnos hasta mi dormitorio. En los días siguientes recorrimos juntos el Parque Sobrenatural de Cabo de Gata-Níjar, con un disco del summer 2008 ibicenco metido en el mp3 de su coche. La mostré todos esos rincones por los que yo sentía una atracción especial y aquellos garitos donde merecía la pena detenerse a tomar una copa o reponer fuerzas con un vino y una buena tapa de la zona. Follamos en recónditas calas, acariciados por las mansas olas que llegaban hasta nosotros, tumbados sobre la arena recorríamos nuestros cuerpos, no sin cierta pasión y esa especie de violencia que genera el deseo aún no desgastado. Después volvíamos a San José, despidiéndonos hasta un nuevo día y cada cual se metía en su casa, con el cuerpo dolorido por todo el sexo del día, por los envites producidos por el pujante ritmo de nuestras caderas, por el fuego de nuestros sexos irritados por la erosión del salitre y de la arena mezclados con nuestros propios fluidos. La boca me sabe a tu coño, decía yo; mi boca me sabe a tu polla, me respondía ella antes de meterme su lengua y decirme que estaríamos juntos hasta septiembre, que después desaparecería para no volver más.

Nunca entenderé a Peggy, pensaba; pero mientras me la follaré de todas las posturas, por todos lados y lo mejor de todo es que después no sentiré su marcha, no me apenará su partida porque ya me sabré su cuerpo de memoria, porque ya estaré saciado de todo su ser.

Noche de San Juan

Sufriendo una año más la noche de San Juan, a toda esa gente llenando la playa, con montones de madera para quemar en grandes hogueras que subirán unos cuantos grados la temperatura de la noche, de esta maldita noche que se repite cada año, invariablemente. Dentro de poco empezarán a actuar los grupos musicales que este año han sido invitados a tocar en el escenario que han montado en el paseo marítimo y con ellos llegará el ruido. Una furiosa mezcla de ritmo y contaminación acústica inundará todos los rincones de este pequeño pueblo, cada día más insoportable y más invadido por la fauna más variada de todo tipo de impresentables. Y yo permaneceré en mi casa, escribiendo líneas como ésta en la pantalla del ordenador, sin saber si no sería mejor dejar de apretar tanta tecla, ponerme los pantalones y salir a patear el ambiente festivo y hasta quizá hacer fotografías de todas esas personas siguiendo una antigua tradición de purificación a través del fuego y del sexo, del agua y del alcohol, de la luna y de las drogas, del amor y de la desesperación; aunque después todo acabe resumiéndose en intentar follarse a algo o alguien. Unos lo consiguen y otros no. Hay purificación o no la hay. Unos follan y otros se tienen que contentar con cascársela, odiándose un poco más que hace una horas por ser tan feos o tímidos. De todas maneras, dicen que lo importante es participar, intentarlo, aunque todo termine en una simple masturbación sobre la húmeda arena de la playa, oliendo unas bragas perdidas por cualquier despistada, con el olor de su excitado sexo aún adherido a ellas y encontradas, por casualidad, en el momento más álgido del clímax producido por la auto estimulación  genital y con los primeros rayos del sol iluminando, tenuemente, los esparcidos restos de la noche, las vomiteras soltadas en cualquier parte del paisaje matinal. Voy a salir a dar una vuelta.

Nostalgia

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Hoy me he levantado cuando otros se acuestan. He despertado en plena noche, sin sobresaltos, mirando el reloj y viendo que, definitivamente, el día estaba perdido. Lo cierto es que no me ha costado esfuerzo reconocerme al abrir los ojos, al conectar con mis pensamientos y dejar a un lado los sueños que hasta hacía tan pocos segundos me acompañaban. Por un momento he dudado entre levantarme o seguir en ese otro mundo onírico, donde nada es previsible y en donde todo puede acontecer en cualquier instante, incluso eso de vivir vidas paralelas.

Me he levantado, sí, y he creado, como un simple demiurgo, una nueva playlist. La he inaugurado con una canción de Mylene Farmer, “Avant que L’Ombre”, y no sé si por algún extraño motivo la he titulado Nostalgia, o simplemente porque siento nostalgia. Esto último me ha hecho preguntarme de qué siento nostalgia y tal vez he respondido que de la inocencia, de ese estado del espíritu en el cual aún existe la posibilidad de creer en uno mismo y en los demás.

Por la mañana

Relax

Ante mí se extendía una verde pradera salpicada por miles de florecillas amarillas. Unos cuantos árboles parecían formar un círculo alrededor de ella. Caminé hasta el borde del cauce de un arroyo que la atravesaba. Un riachuelo de mansas aguas que reflejaba las imágenes de las flores sin apenas distorsionarlas. Me senté junto a su orilla, acolchada por la suave hierba. Aspiré profundamente, llenándome de toda aquella fragancia matutina que desprendía aquel hermoso rincón, donde todo era calma y sosiego, recreo para los sentidos. Volví a respirar intensamente, tratando de absorber la energía que visualicé a mi alrededor e intentado fijar únicamente el momento presente, sentir el instante, ese ahora que con tanta frecuencia escapaba de mi conciencia para arrastrarme en mis miedos y ansiedades cotidianas. Escuché el zumbido de las abejas, el leve sonido del agua en el fluir del arroyo, el trinar de los pájaros. Empecé a ver otras flores violetas, más pequeñas, entre las amarillas y más hacia mi izquierda un campo de lavandas, con algunas amapolas diseminadas por medio. Mantuve mi atención fija en estas últimas, poco a poco fui sintiendo su presencia en otros puntos de la pradera, donde antes me habían pasado desapercibidas, convirtiendo a la pradera en un verdadero manto multicolor lleno de vida. Comencé a sentirme más ligero, más libre, instalado en el centro de mi mismo, del universo. Sin ya pensar en nada concreto continúe mirando a mi alrededor, llenándome de aquella belleza que se abría ante mi campo de visión y sintiendo como aquella sensación de plenitud crecía y crecía.

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Desde la terraza

Desde la terraza de la cervecería en la que estaba sentado veía un amplio horizonte henchido de mar, de un mar azulado que reflejaba el sol que caía sesgado desde lo alto, sólo habitado por unas cuantas gaviotas y algunas pequeñas barcas que salían del puerto lentamente, con el tenue ruido de sus motores proporcionando un sentido al silencio. Atardecía como otras muchas tardes, perezosamente, al ritmo de las olas que venían a morir junto a la dorada arena de la cala, entre la luz y las ya incipientes sombras.
Seis eran las barcas que podía contar, las mismas que el anciano, que desde su balcón miraba en la misma dirección que yo, con sus prismáticos de extraño camuflaje como prolongación de su mirada indagadora, espía del mismo horizonte que contemplábamos con el único sonido de las barcas y los graznidos de las gaviotas, que revoloteaban en círculos sobre las tranquilas aguas en busca de su escurridizo alimento.
Estaba planeando marcharme del pueblo, en el cual llevaba ya demasiado tiempo anclado. Tenía una única seguridad, mi retirada no iba a producirse por mar, al que sólo me gustaba contemplar de vez en cuando, sino por carretera o sobre raíles, viendo tierra en todas direcciones, tan sólo brevemente eclipsada por algún río, uno cualquiera de los muchos que me había propuesto cruzar hasta encontrar un sitio desde donde volver a contemplar un atardecer ocioso, sentado frente a una cerveza o una copa de vino. Me agradaba pensar en Oviedo, Lisboa, París, Zúrich o incluso Estocolmo. En cualquier lugar que no me recordara el desierto, la escasa lluvia, el sol deslumbrante, el monótono blanco de las fachadas de las casas. Deseaba bruma, cielos nublados, esa alegría que proporciona el sol después de muchos días de ausencia.
Las barcas desaparecieron del horizonte, al igual que yo desaparecería del pueblo y algún día, tal vez, intentara desaparecer de la vida, aunque para desaparecer totalmente era requisito indispensable el no haber nacido. En este primer intento había logrado, casi por completo, borrar las huellas de mi paso por lo que una vez fue mi mundo. Borré amistad tras amistad, conocido tras conocido, hasta acabar en este lugar sin ningún vestigio de pasado, de relación con nadie de la que no pudiera prescindir al instante y sin el menor trastorno emocional, por ambas partes. Siempre me había dicho que para desaparecer primero tienes que convertiste en nadie.

El beso de la extraña mujer del pickup rojo.

28 Octubre 2008 Javier Luján 8 comentarios

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Una tarde más estaba en la barra del Thea Bohea, bebiendo un whisky y observando a través del ventanal el escaso movimiento que había en la calle. Fue entonces cuando la vi, a primera vista no logré distinguir bien si era hombre o mujer. Me dio una súbita sensación de miedo, acrecentada al comprobar que, en efecto, era una mujer. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Era tan sumamente fea que acojonaba, sobre todo por esa cara de pocos amigos y de mucha mala leche. Bebí un largo trago para tratar de olvidar, al tiempo que me volvía en la banqueta, apartando mi mirada de aquella visión que tanto me había trastornado y buscando la tranquilizadora imagen de Isabelle.

Un whisky después me atreví a volver a echar una ojeada a  la calle. Continuaba ese maldito viento que nos acompañaba desde dos semanas atrás, un viento que levantaba dolor de cabeza y ponía los nervios al límite de lo tolerable, a flor de piel. En ese mismo instante vi a Houellebecq entrar por la puerta de la tetería,con una medio sonrisa enmarcada en su boca. Me dio la mano al mismo tiempo que me decía que acababa de cruzarse con la tía más siniestra del mundo, tanto que un poco antes de llegar junto a ella no pudo evitar cambiar de acera.

-“Para los que somos supersticiosos habría sido mucho peor que pasar por debajo de una escalera”- me confesó en español y a media voz.

Pedí un par de whiskies, también yo en español, y brindé con Houellebecq, con otra media sonrisa, mientras pensaba que si continuaba bebiendo, a ese ritmo, empezaría a ver muchos más personajes inquietantes a mi alrededor, sobre todo con aquel viento que alborotaba tanto el pelo a los pocos que se aventuraban a caminar en medio de aquel vendaval, que iba ganando fuerza por minutos. Y así sucedió, al rato no parábamos de ver desfilar ante la ventana unos extraños especímenes,  levemente parecidos al resto del decadente género humano. Houellebecq y yo nos miramos con cierta complicidad y sin necesidad de una sola palabra apuramos de un solo trago el resto del contenido de los vasos, desasosegadamente, y precipitándonos hacia Isabelle, con los vasos vacíos, implorándole con nuestras miradas, que los llenara lo más rápidamente posible.

-No vuelvo a mirar por ese ventanal en toda la tarde – afirmé rotundamente. –Veo cosas muy extrañas a través de él y no estamos en Halloween, que yo sepa…

-No, desde luego. Algo pasa en este pueblo. –Confirmó Houellebecq, dando la espalda a la cristalera.

-Quizá un día de estos escriba una historia sobre ésta extraña tarde de octubre. –Le confié a media voz.

-Brindo por ello, compañero, y por nuestros sombreros de fieltro con pluma de faisán.

Chocamos los vasos.

-Extrañas tardes éstas de viento, es como si nuestros monstruos interiores decidieran salir todos juntos a pasear, cogidos de la mano y cantando absurdas canciones que el viento transporta lejos, muy lejos, más allá de nuestros oídos.- Asentí a sus palabras y continué bebiendo, sorbo a sorbo. –¿Y se puede saber cómo llamarás a tu historia de ésta tarde? ¿Has pensado ya en el título?- Continuó.

-Lo he olvidado, pero me gustaba.- Le respondí.

-Suele suceder.

Fui hasta la puerta de la tetería y me asomé a la calle. Ya no se veía a nadie. Empezaba a anochecer y se acercaba la hora en que cada cual se retiraría a sus respectivos cuartos de los escritos o de los espíritus. Unas luces enfilaron por el lado derecho de la calle, miré hacia los faros que se aproximaban. Un pickup rojo pasó lentamente por delante de la puerta de la tetería. En su interior una figura miró hacia mí. No me resultó difícil reconocer los rasgos de la siniestra mujer que me había aterrorizado hacía apenas una hora. Beso sus dedos índice y corazón, extendiendo su mano en mi dirección.

Entré atónito al interior del local, dirigiéndome a Houellebecq, que en mi ausencia se había dedicado a coquetear, como un bellaco, con Isabelle; le dije que ya recordaba el título del relato: “El beso de la extraña mujer del pickup rojo”. Por el tono de mi voz advertí que me sentía ligeramente celoso que estuviera intentando ligarse, nuevamente, a Isabelle.

-¿A qué viene lo del beso y lo del pickup rojo?- me preguntó distraído y con la mirada aún fija en ella.

-Intuición, pura intuición, querido compañero. –Le respondí molesto y alegrándome mucho de estar engañándolo deliberadamente; pensé que ese era un tipo de venganza tan bueno como otro cualquiera y más entre escritores. Me sentí satisfecho, irresistiblemente satisfecho ante tal nimiedad.

-Parece el título de un cuento de Poe, ¿no?- dijo él.

Miré a Isabelle con esa mirada del que sabe que todo aquello que ama no le está destinado, saludé y salí de allí con la impresión de que hoy vives y mañana puedes estar muerto, tan muerto como tu propia esperanza, o quizá aún puedas conducir un pick up rojo, en un anochecer cualquiera, lejos de todo punto, físico y mental, alejándote cada momento más y más, sin la posibilidad del retorno, exiliado de la vida, de los sueños, atrapado entre las redes del desengaño, extraño extranjero en tierra de nadie.

Los tres ángeles de Javi

10 Septiembre 2008 Javier Luján 6 comentarios

Es duro pasar una temporada de verano cuando todos te acosan buscando su satisfacción personal, sin importarles si estás cansado o derrotado: ellos pagan y se creen en su derecho de avasallarte, sin respeto, sin educación. Para todo ese tipo de clientes: mi más profunda repulsión, eso más un corte de mangas y un ruego, no volvaís más, aquí se vive mejor sin vosotros.

Gracias a dios que en mis momentos de crisis me he encontrado con la otra cara de la moneda, mis ángeles. Siempre he podido ir hasta el Thea Bohea a recuperar la paz, la tranquilidad, ese arma homicida para alejar al perturbador. Va por vosotras, estrellas de la noche. Mis maravillosos ángeles de la guarda.