Saldando deudas
Anoche, mientras espiaba mi pasado en La Manuela, me encontré con Rosa o, más bien, fue ella la que me encontró a mí delante de una jarra de cerveza y con el cenicero repleto de colillas. Desde la noche de la cena no la había vuelto a ver, ni siquiera habíamos hablado por teléfono; pero aún conservaba el olor de su coño atesorado en lo más profundo de mis fosas nasales. Estuve tentado de preguntarle por Felicia, aunque vi algo en su mirada que me mantuvo con la boca cerrada y lo suficientemente arqueada como para formar una especie de sonrisa con ella. Cuando estoy borracho me gusta sonreír en lugar de hablar y cuando estoy borracho y espiando mi pasado me gusta fingir una sonrisa.
“¿Qué haces?”, me preguntó Rosa mientras acercaba una banqueta y se sentaba a mi lado. “Simplemente beber”, le respondí sin dejar que la fingida sonrisa se desdibujara de mis labios. Inhalé hondamente en busca de sus olores más íntimos e intentar, así, dejar por unos momentos mi labor de autoespionaje; pero en La Manuela sólo olía a tabaco y a sobacos de poetas borrachos sin depilar. Acudí a mi reserva pituitaria en busca de ellos. Sí, ahí estaban, tal y como los recordaba. La erección me lo confirmó. Acerqué mis labios a los suyos y nos comimos la boca ávidamente, sin pudor alguno de todos aquellos poetas que nos miraban con la envidia reflejada en sus caretos, bronceados en cualquier masificada playa del litoral peninsular, mientras mataban el tiempo, y su sed de sexo, observando desfilar los culos bamboleantes de cualquier hembra que pasara del metro diez de altura. Malditos poetas de La Manuela, con sus blancas melenas flotando sobre el mármol de las mesas. Por su culpa me encontraba espiando mi pasado y comiéndole la boca a una mujer que no era Sonja. Mi ira hacia ellos crecía con cada beso que recibía de Rosa, cada vez que su mano rozaba mi bragueta y se demoraba en ella, palpando ese palo inhiesto que nacía de mi entrepierna y que se moría de deseos por horadar un coño que no era el suyo, a pesar de lo mucho que me gustaba. Joder, estaba espiando mi pasado y como toda respuesta obtenía una erección, rodeado de esos mequetrefes de pose bohemia. Me volví hacia una de las mesas y fue entonces cuando lo reconocí. Era él, el puto celestino que no paró hasta lograr poner en contacto a Sonja con ese escultor vegetariano que hablaba tan bien el alemán y que acabo quitándomela, para ser él el que disfrutara de lo que yo había disfrutado hasta que se metió por medio. Agarré el cenicero lleno de colillas y apunté hacia el celestino y alcahuete vate de pacotilla. Impactó en plena cabeza. Una especie de aullido salió de su boca mientras se levantaba de su silla y se dirigía hacia mí, con una mano en la frente, donde le había golpeado el cenicero, y el puño de la otra mano levantado en clara actitud agresora. Le esperé con la misma sonrisa en mis labios con la que había recibido a Rosa. No me costo gran esfuerzo tumbarlo gracias al rodillazo en los huevos con el que le recibí cuando esquivé su chapucera acometida. Vacié lo que quedaba de mi cerveza sobre él y salí de allí sin volver la cabeza. Por esa noche había terminado de espiar mi pasado. O, tal vez, mi pasado no merecía que lo espiara más. Entrelacé mi mano con la de Rosa y me alejé del Manuela con la sensación de haber saldado una vieja deuda. Y lo mejor de todo es que aún estaba empalmado y que a Rosa le había puesto muy cachonda la movida del poeta alcahuete, como me confesó mientras caminábamos hacia su casa. “Pégame esta noche, Javier, azótame mientras me la metes a cuatro patas, mientras me partes el culo como si fuera un sandía verde, aun sin madurar”.















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