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Archivo para la Categoría "Bares"

Saldando deudas

28 Agosto 2009 Javier Luján 14 comentarios

Anoche, mientras espiaba mi pasado en La Manuela, me encontré con Rosa o, más bien, fue ella la que me encontró a mí delante de una jarra de cerveza y con el cenicero repleto de colillas. Desde la noche de la cena no la había vuelto a ver, ni siquiera habíamos hablado por teléfono; pero aún conservaba el olor de su coño atesorado en lo más profundo de mis fosas nasales. Estuve tentado de preguntarle por Felicia, aunque vi algo en su mirada que me mantuvo con la boca cerrada y lo suficientemente arqueada  como para formar una especie de sonrisa con ella. Cuando estoy borracho me gusta sonreír en lugar de hablar y cuando estoy borracho y espiando mi pasado me gusta fingir una sonrisa.

“¿Qué haces?”, me preguntó Rosa mientras acercaba una banqueta y se sentaba a mi lado. “Simplemente beber”, le respondí sin dejar que la fingida sonrisa se desdibujara de mis labios. Inhalé hondamente en busca de sus olores más íntimos e intentar, así, dejar por unos momentos mi labor de autoespionaje; pero en La Manuela sólo olía a tabaco y a sobacos de poetas borrachos sin depilar. Acudí a mi reserva pituitaria en busca de ellos. Sí, ahí estaban, tal y como los recordaba. La erección me lo confirmó. Acerqué mis labios a los suyos y nos comimos la boca ávidamente, sin pudor alguno de todos aquellos poetas que nos miraban con la envidia reflejada en sus caretos, bronceados en cualquier masificada playa del litoral peninsular, mientras mataban el tiempo, y su sed de sexo, observando desfilar los culos bamboleantes de cualquier hembra que pasara del metro diez de altura. Malditos poetas de La Manuela, con sus blancas melenas flotando sobre el mármol de las mesas. Por su culpa me encontraba espiando mi pasado y comiéndole la boca a una mujer que no era Sonja. Mi ira hacia ellos crecía con cada beso que recibía de Rosa, cada vez que su mano rozaba mi bragueta y se demoraba en ella, palpando ese palo inhiesto que nacía de mi entrepierna y que se moría de deseos por horadar un coño que no era el suyo, a pesar de lo mucho que me gustaba. Joder, estaba espiando mi pasado y como toda respuesta obtenía una erección, rodeado de esos mequetrefes de pose bohemia. Me volví hacia una de las mesas y fue entonces cuando lo reconocí. Era él, el puto celestino que no paró hasta lograr poner en contacto a Sonja con ese escultor vegetariano que hablaba tan bien el alemán y que acabo quitándomela, para ser él el que disfrutara de lo que yo había disfrutado hasta que se metió por medio. Agarré el cenicero lleno de colillas y apunté hacia el  celestino y alcahuete vate de pacotilla. Impactó en plena cabeza. Una especie de aullido salió de su boca mientras se levantaba de su silla y se dirigía hacia mí, con una mano en la frente, donde le había golpeado el cenicero, y el puño de la otra mano levantado en clara actitud agresora. Le esperé con la misma sonrisa en mis labios con la que había recibido a Rosa. No me costo gran esfuerzo tumbarlo gracias al rodillazo en los huevos con el que le recibí cuando esquivé su chapucera acometida. Vacié lo que quedaba de mi cerveza sobre él y salí de allí sin volver la cabeza. Por esa noche había terminado de espiar mi pasado. O, tal vez, mi pasado no merecía que lo espiara más. Entrelacé mi mano con la de Rosa y me alejé del Manuela con la sensación de haber saldado una vieja deuda. Y lo mejor de todo es que aún estaba empalmado y que a Rosa le había puesto muy cachonda la movida del poeta alcahuete, como me confesó mientras caminábamos hacia su casa. “Pégame esta noche, Javier, azótame mientras me la metes a cuatro patas, mientras me partes el culo como si fuera un sandía verde, aun sin madurar”.

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Náufragos de asfalto y alcohol

25 Agosto 2009 Javier Luján 22 comentarios

Café Manuela

Llevo ya unos cuantos días por Madrid, recorriendo sus calles, sus anatomías; bebiendo en sus bares y comiendo en sus restaurante, visitando sus librerías y refrescándome en sus fuentes, viendo exposiciones en los museos e internándome en sus más deplorables antros, rememorando, inútilmente, esas vidas pasadas, esos instantes que nunca más volverán a existir. En esos momentos toda una serie de fantasmas pueblan mi mente, me empujan con su presencia hasta esos días en los que aún creía que la felicidad junto a otra persona era posible, la única posible, en realidad. Y es que no puedo evitar recordar que durante un tiempo, tú y yo, vivimos en esta ciudad, que compartimos las mismas calles por las que ahora paseo en solitario, quizás con la vana esperanza de encontrarte en alguna de ellas, como si aún continuaras aquí, como si el tiempo hubiera seguido su camino sin contar con nosotros, dándonos una tregua para que la despedida no fuera definitiva. Por eso continúo visitando todas las noches el Café Manuela, en un absurdo ritual en el que pretendo encontrarte apareciendo de la nada, casi mágicamente, acodada en la barra junto a mí; pero siempre es otra quien termina acercándose, quien habla conmigo y después comparte su cuerpo y, quizá, también parte de su soledad, en ese silencio de la penetración entre náufragos de asfalto y alcohol. Y en mi estómago solamente tengo hambre de ti, eso es lo más triste. Una puta hambre que nunca se va, que permanece ahí, instalada en la eternidad. Y quizá por eso, también, continúo paseando por la calle Colón, me detengo en el portal donde viví unos días contigo, y permanezco allí, delante de él, como si fueras a abrir, en cualquier momento, la vieja puerta de madera. Fue ahí donde empezó nuestra historia de dos años de encuentros y desencuentros. Los dos años más intensos de mi vida y los de mayor incertidumbre, sin duda. Día tras día vuelvo a la calle Colón, a pasear por sus aceras llenas de nostalgia, de apagados ecos que tan sólo  resuenan en el interior de mi cabeza. En esa misma calle fue donde te vi por última vez, donde el mundo cayó de golpe sobre mí, a traición, sin darme tiempo a prepararme para ello. Después de ese día dejé de ser yo para convertirme en lo que soy ahora, un espía de mi propio pasado.

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El cielo de Madrid

17 Agosto 2009 Javier Luján 4 comentarios

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Me despierto en una habitación que no es la mía. En la cama no hay nadie más. Miro el reloj y veo que son las nueve y media de la mañana. La boca me sabe a alcohol, a pozo sin fondo. Doy un rápido vistazo al cuarto. Sobre la mesilla de noche hay un libro, con un marcador entre sus páginas. Es un volumen bastante grueso. Me acerco hasta él y compruebo que se trata de El Quijote, en edición de Aguilar. No veo ningún otro libro por la habitación, sólo El Quijote. En la pared de enfrente hay colgada una reproducción de la Habitación de Arlés, de Van Gogh. A la izquierda, un escritorio con un portátil y unos cuantos cuadernos apilados. Todo está perfectamente ordenado y limpio. Respiro hondo, tratando de que todo me deje de dar vueltas y de paso recordar dónde coños estoy.

Me acerco a la ventana y subo la persiana. Lo que veo son edificios, muchos edificios, y a mi izquierda el Retiro. Por fin me ubico. Estoy en Madrid, en la casa de Marianus. Debería de sentirme un poco más feliz de estar nuevamente de vuelta, después de año y medio. Lo intentaré. Me prometo que lo intentaré si soy capaz de encontrar un Alka Seltzer en la cocina. Marianus es un consumidor habitual de dicho producto y, si no recuerdo mal, siempre tiene a mano alguna caja junto a los tazones del café. Sobre la repisa de la cocina me encuentro la cafetera con café caliente y a su lado la caja de Alka Seltzer y una nota. La leo mientras apuro de un trago el burbujeante potingue: “Imagino que necesitarás esto cuando despiertes. Anoche la pillaste buena. No paraste de beber desde que bajaste del tren. He salido a comprar para la cena de esta noche, invitaste a ella a medio Madrid, a medio Madrid femenino, claro. Luego nos vemos. El whisky está donde siempre. Deja algo, aunque compraré un par de botella más, por si acaso. ¡Ah!, y bienvenido”. Me digo que el mundo se divide en dos, los detallistas y lo no detallistas. Marianus, desde luego, pertenece a los primeros. Yo a los segundos. Escribir te vuelve egoísta.

Salgo a la terraza y me recuesto sobre una tumbona con la esperanza de sobreponerme a la resaca. Cierro los ojos y trato de recordar algo de la noche anterior. Me veo abrazando a Marianus en la estación y luego cenando y bebiendo vodka en el restaurante Olsen. Recuerdo que de allá salí ya bastante perjudicado. Nos adentramos por Huertas y acabamos recorriendo varios locales de Santa Ana y alrededores. Nos tomamos unas copas en el Café Central, después en el Viva Madrid, en Carbones 13… y … La mente en blanco. Amnesia total. Sí, también consigo acordarme algo de Los Gabrieles, allí nos encontramos con Mara y Paloma e intenté meterme con ellas en los servicios, quería ver cómo meaban, qué es lo que hacían dos chicas tan amigas mías en el baño. Hasta ese momento llegaba. Inútil tratar de recordar algo más. Poco a poco vuelvo a quedarme dormido viendo el cielo de Madrid.

El beso de la extraña mujer del pickup rojo.

28 Octubre 2008 Javier Luján 8 comentarios

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Una tarde más estaba en la barra del Thea Bohea, bebiendo un whisky y observando a través del ventanal el escaso movimiento que había en la calle. Fue entonces cuando la vi, a primera vista no logré distinguir bien si era hombre o mujer. Me dio una súbita sensación de miedo, acrecentada al comprobar que, en efecto, era una mujer. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Era tan sumamente fea que acojonaba, sobre todo por esa cara de pocos amigos y de mucha mala leche. Bebí un largo trago para tratar de olvidar, al tiempo que me volvía en la banqueta, apartando mi mirada de aquella visión que tanto me había trastornado y buscando la tranquilizadora imagen de Isabelle.

Un whisky después me atreví a volver a echar una ojeada a  la calle. Continuaba ese maldito viento que nos acompañaba desde dos semanas atrás, un viento que levantaba dolor de cabeza y ponía los nervios al límite de lo tolerable, a flor de piel. En ese mismo instante vi a Houellebecq entrar por la puerta de la tetería,con una medio sonrisa enmarcada en su boca. Me dio la mano al mismo tiempo que me decía que acababa de cruzarse con la tía más siniestra del mundo, tanto que un poco antes de llegar junto a ella no pudo evitar cambiar de acera.

-“Para los que somos supersticiosos habría sido mucho peor que pasar por debajo de una escalera”- me confesó en español y a media voz.

Pedí un par de whiskies, también yo en español, y brindé con Houellebecq, con otra media sonrisa, mientras pensaba que si continuaba bebiendo, a ese ritmo, empezaría a ver muchos más personajes inquietantes a mi alrededor, sobre todo con aquel viento que alborotaba tanto el pelo a los pocos que se aventuraban a caminar en medio de aquel vendaval, que iba ganando fuerza por minutos. Y así sucedió, al rato no parábamos de ver desfilar ante la ventana unos extraños especímenes,  levemente parecidos al resto del decadente género humano. Houellebecq y yo nos miramos con cierta complicidad y sin necesidad de una sola palabra apuramos de un solo trago el resto del contenido de los vasos, desasosegadamente, y precipitándonos hacia Isabelle, con los vasos vacíos, implorándole con nuestras miradas, que los llenara lo más rápidamente posible.

-No vuelvo a mirar por ese ventanal en toda la tarde – afirmé rotundamente. –Veo cosas muy extrañas a través de él y no estamos en Halloween, que yo sepa…

-No, desde luego. Algo pasa en este pueblo. –Confirmó Houellebecq, dando la espalda a la cristalera.

-Quizá un día de estos escriba una historia sobre ésta extraña tarde de octubre. –Le confié a media voz.

-Brindo por ello, compañero, y por nuestros sombreros de fieltro con pluma de faisán.

Chocamos los vasos.

-Extrañas tardes éstas de viento, es como si nuestros monstruos interiores decidieran salir todos juntos a pasear, cogidos de la mano y cantando absurdas canciones que el viento transporta lejos, muy lejos, más allá de nuestros oídos.- Asentí a sus palabras y continué bebiendo, sorbo a sorbo. –¿Y se puede saber cómo llamarás a tu historia de ésta tarde? ¿Has pensado ya en el título?- Continuó.

-Lo he olvidado, pero me gustaba.- Le respondí.

-Suele suceder.

Fui hasta la puerta de la tetería y me asomé a la calle. Ya no se veía a nadie. Empezaba a anochecer y se acercaba la hora en que cada cual se retiraría a sus respectivos cuartos de los escritos o de los espíritus. Unas luces enfilaron por el lado derecho de la calle, miré hacia los faros que se aproximaban. Un pickup rojo pasó lentamente por delante de la puerta de la tetería. En su interior una figura miró hacia mí. No me resultó difícil reconocer los rasgos de la siniestra mujer que me había aterrorizado hacía apenas una hora. Beso sus dedos índice y corazón, extendiendo su mano en mi dirección.

Entré atónito al interior del local, dirigiéndome a Houellebecq, que en mi ausencia se había dedicado a coquetear, como un bellaco, con Isabelle; le dije que ya recordaba el título del relato: “El beso de la extraña mujer del pickup rojo”. Por el tono de mi voz advertí que me sentía ligeramente celoso que estuviera intentando ligarse, nuevamente, a Isabelle.

-¿A qué viene lo del beso y lo del pickup rojo?- me preguntó distraído y con la mirada aún fija en ella.

-Intuición, pura intuición, querido compañero. –Le respondí molesto y alegrándome mucho de estar engañándolo deliberadamente; pensé que ese era un tipo de venganza tan bueno como otro cualquiera y más entre escritores. Me sentí satisfecho, irresistiblemente satisfecho ante tal nimiedad.

-Parece el título de un cuento de Poe, ¿no?- dijo él.

Miré a Isabelle con esa mirada del que sabe que todo aquello que ama no le está destinado, saludé y salí de allí con la impresión de que hoy vives y mañana puedes estar muerto, tan muerto como tu propia esperanza, o quizá aún puedas conducir un pick up rojo, en un anochecer cualquiera, lejos de todo punto, físico y mental, alejándote cada momento más y más, sin la posibilidad del retorno, exiliado de la vida, de los sueños, atrapado entre las redes del desengaño, extraño extranjero en tierra de nadie.

El último intento

19 Octubre 2008 Javier Luján 11 comentarios

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En el bar sonaba bossa nova. Se acercó a la barra y pidió una cerveza, echando una ojeada a su alrededor. Tres chicas sentadas en una mesa bebían combinados y un mojito. Ninguna de ellas le pareció especialmente guapa. Acercó la jarra hasta sus labios y la vació de un solo trago. Miró a la camarera y pidió una más. Entonces comenzó a reír, primero suavemente, hasta estallar en una sonora carcajada que atrajo todas las miradas hacia él. Fue entonces cuando comprendió que nunca más volvería a esas ridículas charlas de alcohólicos anónimos, que la vida era demasiado breve como para desperdiciarla entre un atajo de rajados incapaces de comprender la soledad del bebedor de fondo.

Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia como si ésta ya fuera ceniza en la memoria

Jorge Luis Borges

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Cualquier camino te lleva al fin del mundo.

19 Noviembre 2007 Javier Luján 11 comentarios

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“Cualquier camino, incluso este camino de Entepfhul, te lleva al fin del mundo”

Carlyle

¿Qué son las ilusiones?: ¿Humo que desciende? ¿El centro misterioso de uno mismo? Caer de rodillas no es postrarse, es tropezar con un destino, con uno cualquiera de los muchos que tenemos por delante. La fatalidad también se decide en las madrugadas, entre vasos y ceniceros sucios, entre lágrimas de borrachos sin rumbo, cegados por la niebla del vodka del olvido.

 

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Mirando a cualquier lugar

6 Noviembre 2006 Javier Luján 6 comentarios
Nighthawks, Edward Hopper

He pasado muchas noches sentado en la barra de un bar tratando encontrar un poco de calma interior, escuchando canciones que nunca más he vuelto a escuchar y embriagándome, con esa serena frialdad de un profesional del tedio, mirando a cualquier lugar, con esa mirada perdida de quien permanece muy dentro de sí, ausente de todo lo exterior, por qué siempre termina entendiendo que por muy acompañado que se esté nunca se dejará de estar solo.
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