Una postal sin dirección
No es que precisamente esté contento con la vida que me ha tocado en suerte; pero ver a Cornelia subida en la escalera, limpiando el polvo sin parar, es una de esas cosas que merecen la pena ser vividas. De vez en cuando Dios te da visiones de este tipo, se enrolla con uno y le permite una erección en el propio sofá de su casa, mientras observa impúdicamente a la chica de la limpieza trabajar afanosamente contra el polvo del hogar. Dios es todopoderoso y, quizás, neutral, un tipo capaz de castigarte con el infierno o de premiarte con el cielo; tu eliges, Él no se mete en nada, puedes jugar con tu colita, puedes babear observando el culo de cualquier mujer, puedes hasta ir a misa y dar limosna a los pobres. Eso, a Él, le da igual, permanece neutral, para eso te ha dado el libre albedrío, puedes hacer con él lo que quieras. Hasta desintegrarte. Por eso mi semen está estancado, dentro de su envase natural, esperando el momento del furtivo acercamiento a Cornelia, de que mis manos agarren su cintura atrayéndola hacia mí, para que sienta en pleno vientre este falo que está latiendo alocadamente por ella, que está deseoso de formar parte de su teogonía particular, de llenar cada hueco de su cuerpo, por pequeño que sea. Dios, como disfruto mirándola, estirada en pleno esfuerzo, con los brazos levantados para llegar hasta lo más alto de la librería, ordenando con enérgicos gestos el desorden que es mi vida.
Me levanté del sofá y fui hasta la cocina. Escogí una botella de vino rosado bien frío. La abrí y puse dos copas sobre la mesa del salón, dónde Cornelia continuaba con su trabajo. Le pregunté si quería una copa. Ella aceptó. Bajó de la escalera y se acercó hasta donde estaba esperándola yo con su copa en la mano. Tenía la piel sudorosa, algunas gotas caían por su cuello. Cornelia era baja, pero de cuerpo contundente. Continúe observándola en silencio mientras se llevaba la copa a los labios. Chasqueó la lengua al terminar de beber y me miró directamente a los ojos. Sentí como su mano me apretaba los cojones. Con la mano que me quedaba libre le apreté una teta, mientras alzaba mi copa en señal de brindis. La vida fluía, el tiempo continuaba su recorrido interminable y nuestras lenguas jugueteaban enredadas, la una con la otra, en una especie de laberinto sin salida. Recorrí con la lengua su cuello, notando el sabor acre de su sudor. Cornelia se estremecía entre mis brazos y mi polla brincaba de gusto buscando un cobijo donde guarecerse de lo insípido de la existencia. Cornelia, voy a meter vida en tu coño, una nueva esperanza en tu corazón, una nueva razón por la que seguir despertándote cada mañana al salir el sol. Voy a hacer tirabuzones con el pelo de tu pubis, mientras rezo de rodillas ante tu sagrada gruta de la inmortalidad, en esa cueva donde la vida y la muerte se entrelazan en vanos gestos inútiles. Haré un templo de tu entrepierna, un oasis en medio de la desolación de este desierto, donde enterrarme para meditar en esos momentos en los que nada tiene sentido, en los que los segundos dejan de transcurrir secuencialmente para pasar a la encrucijada del no tiempo, de la fusión de la realidad con la ficción, del presente con el pasado. Y desde el centro de ti misma te mandaré una postal sin dirección, para decirte en ella lo mucho que me gusta estar dentro de ti, alimentándome de tu savia, de esa savia que sabe a miel de tus entrañas, a fuego de pecado eterno. Sí, te voy a meter una idea en tu cabeza, la de seguir follando conmigo aunque el mundo se acabe, aunque los océanos desaparezcan de la faz de la tierra. Déjame que entre una vez en tu coño y estarás perdida para siempre, ya no serás dueña de ti.
Olor sexual
Me gusta el olor fuerte, sexual, de algunas mujeres. Es como si la naturaleza entera lanzara un aullido salvaje en mis ingles. La bendición del deseo se apodera de mí, repentinamente, sin aviso previo. Ese olor va penetrándome y entonces escribo y escribo en mi mente miles de páginas, me pongo nervioso y mi mano vuela sobre imaginarios renglones que relleno con todos esas inutilidades absurdas que después sonarán a canción de lluvia, a órganos sexuales copulando junto al fuego de una hoguera. Sí, en momentos así, sólo soy una glándula sexual que escribe y describe el ritual del acoplamiento, ese movimiento cósmico que a todos arrastra hacia la locura momentánea, hasta ese punto donde el tiempo se funde con el más completo abandono visceral, en una especie de perpetua línea recta.
El intenso olor de Cornelia llegaba hasta mí en esos instantes, en los que ella estaba limpiando mi casa después de mi regreso de Madrid. Ese olor, junto a la corta bata que apenas la cubría, estaba llevándome hacia un completo estado de excitación mental y físico. La observaba subida en la pequeña escalera, limpiando entre los libros de la estantería, mientras la bata subía y bajaba, dejando entrever, por unos gloriosos instantes, sus redondas nalgas con principios de una inminente celulitis, que le añadía un punto más de morbo a la escena que estaba sucediendo a escasos metros de mis ojos. Tampoco escapó a mi escrutadora mirada el sujetador, que reposaba sobre su ropa de calle, en el sofá. Imaginé sus pechos desbordándose por las ajustadas copas de la prenda, sus pezones rozando la suave capa que recubría su interior, en una especie de eterna caricia que quise emular con mi imaginación. Por unos momentos me convertí en ese trozo de delicada tela que contenía sus grandes pechos. Esos mismos pechos que se bamboleaban libres, en todas direcciones, bajo la fina bata que los cubría en parte, sólo en parte, para nuevo deleite de mi mirada concentrada. Toda la sangre de mi cuerpo parecía fluir a un único punto concreto de él, era como si yo entero fuera mi miembro, solo mi miembro, un miembro con brazos y piernas, un miembro dispuesto a penetrar por completo en los más íntimos agujeros de Cornelia, a nadar entre las procelosas aguas de sus fluidos femeninos, sin querer salir más a la superficie, en perpetua apnea escatológica por esas calientes entrañas de hembra fogosa. Mi mejor poesía para Cornelia sería un buen chorro de semen escurriendo entre sus nalgas.
Viejas canciones
Sólo la noche acompaña a esas viejas canciones que de vez en cuando suenan en mi cabeza, cuando todo lo demás permanece en silencio. Entre cigarrillo y cigarrillo canto miles de canciones sin fin, miles de estribillos que se pierden en el borde inconsistente de las finas volutas de humo. En el fondo soy feliz, estoy solo y no necesito a nadie. Miro hacia el cielo y únicamente veo estrellas solitarias, ninguna va cogida de la mano de otra. Como mucho, algún que otro satélite girando a su alrededor, en elíptica órbita cojonera.
Paro de canturrear y veo una entrevista a Vila-Matas, siempre tan suyo:
Sencillo, ser y no estar. Todo lo demás sobra, queda para los libros, para contárselo uno a sí mismo, en la penumbra del cuarto de los escritos, en esas tardes donde el sol ficticio se refleja en un espejo inexistente que devuelve una mirada perdida, que escapa al entendimiento, al simple raciocinio.
Vuelvo a estar en Almería, al lado del mar. Soy sin estar, escondido entre líneas que van creando una parte de mi vida.
Follando en Madrid
Todos están hablando en pequeños grupos. Al final somos unos veinte para la cena. Marianus está desbordado y medio borracho. Unos cuantos han bajado a comprar algunas raciones. Imposible alimentarnos todos con los que habíamos preparado entre los dos por la tarde. Estoy contento, más de dos tercios de los invitados son mujeres. A algunas ni las conozco, son compañeras de trabajo de Marianus. Mejor así, mayor incertidumbre. No hay rastro ni de Mara, ni de Paloma. Tampoco han llamado por teléfono para decir si venían o no venían. Y yo que quería ser su voyeur particular, el escriba de sus intimidades más oscuras. Veo a unas cuantas caras señalándome con la cabeza y preguntando que quién soy yo. Miro hacia ellas y sonrío. Sin duda son las compañeras de Marianus, de la agencia antidopaje, tiene cojones… La agencia antidopaje hay que reconocer que tiene una plantilla que sabe escoger a sus empleadas, al menos por su aspecto físico. Todas están buenísimas. Me acerco a Marianus y le digo que me tiene que presentar a sus compis, que me muero por que me hagan un test de orina antidopaje. Mearé las veces que haga falta, una vez con cada una. “Ni se te ocurra pasarte con ellas, chaval”, me responde Marianus intentando parecer serio. “¿Qué pasa, qué son todas vírgenes y las quieres estrenar tú o es que son demasiado cachondas y me quieres proteger de ellas?” le respondo cogiéndole del brazo y tirando de él hacia donde está el grupito de las bellas damiselas. Marianus nos presenta: Felicia, Irene, Maika y Rosa.. Brindamos juntando nuestras copas. Son simpáticas las de la agencia antidopaje. A falta de Mara y Paloma me quedo junto a ellas. Les sirvo una nueva ronda de bebidas y les acerco unos canapés de salmón y queso fresco. En un rincón del salón alguien está preparando unas grandes rayas de Speed. Rosa me mira y me hace un gesto con la cabeza. La acompaño hasta la mesa baja y de rodillas nos metemos un buen par de lonchas. “Dios, como pica…”. “Si, es del bueno. Vamos a tomar otra, Javier, esta noche me siento extraña, ansiosa de todo”. Cuando me levanto siento el corazón a mil por ahora, me late hasta la polla al ritmo de cientos de tambores africanos alrededor de una hoguera en una noche oscura de la sabana. Me sujeto a Rosa para tratar de no despegar del suelo, no quiero levitar por el momento. Ella, a su vez, me mete la lengua hasta la garganta. Sin romanticismos. También sin romanticismos mis manos palpan sus nalgas, las aprieto con fuerza con los diez dedos de mis manos. Y son tan redonditas y prietas como el culo de una cría de orangutan hembra. La llevo hasta la terraza. Nos acurrucamos detrás de las tumbonas, lo más ocultos posible a la vista de los demás.
La humedad de su coño es como la humedad de la aurora: limpia y sin pudor. Me demoro en él, mordisqueándolo, metiendo la lengua por todos los resquicios y por todos sus pliegues. Es un coño tan bonito que me hace llorar. Mi cabeza hace movimientos absurdos mientras continúo horadando su hermoso agujero a ritmo de mambo. Lamo y lamo, absorbo, chupo, escupo, vuelvo a absorber, hundo mis narices entre su raja, aspiro el aroma de la aurora y pienso que la felicidad es esto y sólo esto, comerse un coño rosado en la terraza de Marianus mientras los ojos de Felicia nos espían a través de las cortinas. Nos espía y jadea, quedamente, cada vez que sus dedos rozan levemente la tela de sus bragas blancas en la zona donde una mancha señala la secreción de su fluido. Si, también siento deseos de remover la matriz de Felicia. Le hago un gesto con mi mano para que se acerque hasta nosotros. Aparta las cortinas y se tiende en el suelo. Sigue tocándose mientras agarra mi pene y se lo mete en la boca. Empieza a mamar como una poseída, es una máquina succionadora con el motor a sus máximas revoluciones. Le aparto las manos de las bragas y meto tres dedos en su hendidura carnal, la remuevo y con un poco más de esfuerzo tengo todo mi puño dentro de ellas. Debo de estar haciéndola cosquillas en los ovarios. Empujo un poco más hacia el fondo. Ella brama. Es hora de que nos vayamos los tres a mi dormitorio.
Empalmado en Madrid
Despierto del sueño matutino en la terraza a eso de las 13.00 h. Dentro de la casa no se oyen ruidos, aún debo de estar solo. Me encuentro mejor, mucho mejor. Sin duda, el descanso me ha sentado bien. Miro a mi alrededor y me digo en voz alta que he regresado a Madrid, aunque éste no sea un regreso definitivo. ¿Regresaré algún día a Madrid para quedarme? Hay otras ciudades que me atraen para vivir, desde luego; pero Madrid tiene un par de ventajas sobre las demás: que es la ciudad donde nací y viví y que se encuentra en el centro mismo de la península, con lo cual tienes a mano, y a una distancia relativamente cómoda, cualquier punto de la misma.
Me demoro debajo del chorro de la ducha. El agua fría me revitaliza por completo, aleja de mí cualquier resto etílico de la noche. Me cambio de ropa y aprovecho para sacar del bolso el ordenador. Lo abro y me conecto a una red wi-fi cualquiera, de las muchas disponibles. Empiezo a escribir mis primeras impresiones de mi vuelta al hogar: “Me despierto en una habitación que no es la mía. En la cama no hay nadie más. Miro el reloj y veo que son las nueve y media de la mañana. La boca me sabe a alcohol, a pozo sin fondo. Doy un rápido vistazo al cuarto. Sobre la mesilla de noche hay un libro, con un marcador entre sus páginas. Es un volumen bastante grueso…”. Mientras continúo escribiendo pienso que quizá lo cuelgue en el blog. Es una historia más que se puede literaturizar, tratar de que deje se ser solamente el recuento de unos pasos ebrios por las aceras de la ciudad. Sigo tecleando y mirando la pantalla, tratando de adivinar qué palabras vendrán a continuación de las ya escritas, de esas que ya han dejado de preocuparme. Y pienso que escribo como vivo, sin vuelta atrás posible. Claro, que volver a Madrid no sería un vuelta atrás. Sería un punto y aparte, el principio de algo independiente aunque relacionado con todo lo anterior. Nada que ver con un punto y seguido. Un punto y seguido es ésta visita a la ciudad. Una visita de reconocimiento, de acercamiento previo para ver si surge nuevamente la seducción entre la urbe y yo; pero soy consciente que aún me queda una espera indeterminada antes del posible regreso, si es que decido volver y no buscar un nuevo destino o regresar a una de las ciudades en las que he vivido anteriormente. Es cierto, el corazón lo tengo dividido entre varias ciudades. Me pasa lo mismo que con las mujeres, nunca seré completamente fiel a ninguna, a pesar de lo mucho que las pueda llegar a amar.
Me levanto a por un vaso. Voy con él en la mano hasta el mueble bar. Abro la botella de White Label y echo un trago largo. Vuelvo a inclinar la botella y vierto un poco más de su contenido. Total, nunca es demasiado pronto para empezar a beber. Releo lo escrito hasta ahora, mientras voy bebiendo a pequeños sorbos, sin prisa, sabiendo que tengo todo el día y los próximos, si quiero, para tocarme los cojones. No me espera nadie en ningún sitio y no echo de menos a nadie, tampoco. Me siento libre. Miro entre los cd’s de Marianus buscando algo de música para escuchar mientras escribo, algo que me recuerde que me siento libre, sin ataduras. Pongo una canción de 3 Doors Down, “It’s Not My Time” y continuo buscando. Al final me decido por un cd completo de Césaria Évora, “Café Atlántico”. Cuando empieza a sonar me siento frente al ordenador y tecleo lo que recuerdo de la noche anterior, lo poco que recuerdo. La imagen de Mara y Paloma, en Los Gabrieles, viene a mi mente y no soy capaz de saber si llegué o no llegué a entrar con ellas en los servicios, si me cerraron la puerta en las narices o me dejaron pasar con ellas para presenciar en primera línea sus respectivas micciones. Todos íbamos lo suficientemente colocados para eso y para mucho más. Tampoco sería lo más escandaloso que hemos hecho los tres juntos. Nos conocemos hace años y hemos pasado por miles de situaciones de todos los colores. Pensar en ellas meando me provoca una erección. Siento como mi verga crece y crece libremente, tan libremente como yo me encuentro. También me empalma la posibilidad de que las dos vengan a cenar esta noche para continuar siendo su voyeur particular de meadas, su suave papel higiénico de varios usos y su confidente de conversaciones privadas de lavabo. Todo es posible cuando la amistad está entremedias.
Rutina veraniega
Un nuevo día de sol, con alguna que otra nube moteando el cielo. Temperatura: 31º C. Siguen llegándome emails que no me interesan, que ni siquiera leo. Sólo uno de Zabou me alegra la mañana. Zabou y yo discutimos a principios del verano. Parece ser que llega el momento de la reconciliación. Nos hemos desintoxicado el uno del otro, o casi. La verdad es que la echo de menos. Me falta ese cambio diario de impresiones con ella.
Sigo encerrado en casa, huyendo de la masa de turistas, sudando frente al ordenador o ante las hojas de un libro. Una situación perfecta si no fuera porque no estoy solo. Me gusta vivir solo, sin dar explicaciones de mis actos o tener que hablar cuando no me apetece. Afortunadamente sólo me quedan unos cuantos días más de compañía. Después volverá la normalidad. Qué sería de mí sin este cuarto de los espíritus.
Creo que ahora escucharé La Pasión según San Mateo, de Bach. Necesito algo trascendente para contrarrestar tanta intrascendencia que flota en el ambiente, tanta tontería que respiro cada vez que salgo a dar una vuelta o a beber una copa. Escuchar la Pasión y continuar escribiendo. Sí, esto es lo mejor que puedo hacer esta tarde; porque lo cierto es que hoy no me apetece follar, tratar de conquistar una sudada entrepierna más y colgar un nuevo trofeo en mi ego. Hasta el meterla se vuelve una rutina en verano.
Avanza la tarde. La temperatura ha subido hasta los 33º C. Recibo otro email que me interesa y que leo, de Julia. Sólo de pensar en la posibilidad de unos vinos con ella, en Madrid, me pone los dientes largos. Quizá hasta hablemos de Lisboa.
Tanto Bach me abruma, me hace ver tristeza por todos lados. Lo quito y vuelvo al mundo californiano. Mejor la música de Clinic, con su canción Country Mile. Su bajo retumba en mi cabeza, penetra en todo mi cuerpo, haciendo que escriba a pequeños saltos, como si fuera un minúsculo saltamontes color verde pálido, y aunque tenga fobia a cualquier insecto, por inofensivo que éste sea. Los niños y los insectos no encajan en mi vida. Tampoco me gustan los gusanos, sobre todo cuando pienso en que algún día acabarán dándose un festín con mi cuerpo. Así revienten todos. Si piensas mucho en ello es como para volverse loco. Una solución sería la de arder, pero la idea también me horroriza. Además, odio el calor. Ya tengo suficiente con el verano.
Una tarde cualquiera de agosto
Esta tarde me ha dado por escuchar viejas canciones: Robert Palmer, Marvin Gaye, Beatles, Bob Seger, Freda Payne… Será para celebrar eso de que hoy es el día internacional de los zurdos o será por que estoy escuchando una emisora de radio de Los Ángeles, California. Al fin de al cabo este paisaje se parece mucho al californiano: palmeras, arena, tías en bikini, bicicletas, gente con patines, paseo marítimo, olas, surfistas… Sea por lo que sea, lo cierto es que estoy de revival, con la mano izquierda empuñando mi polla y escudriñando esas figuras en bikini, que tan sugerentemente se lucen, con todo descaro y parsimonia, ante mi sonrisa y mi privilegiada terraza de esta tarde. Me siento soez, sí; pero eso no importa cuando me llevo el vaso de whisky, repleto de hielos, hasta mis labios y siento esa sensación refrescante de completa impunidad ante la moral. La vida es sexo y da igual de que manera lo desarrolles, clavándola o masturbándote, al final el brote suele ser el mismo.
El sonido de una ambulancia rompe el encanto de la tarde. La sirena inunda cada rincón del pueblo con la estridencia de su efecto Doppler, que se clava en mis oídos, inmisericordemente. Pienso que alguien se habrá ahogado o habrá estado a punto de hacerlo. Si permanecieran como yo, encaramado en una terraza y con los prismáticos sobre la mesa, otro gallo cantaría y yo no tendría que sufrir este lamentable ruido que enerva cada centímetro de mi ser y que rompe el ritmo de mi frotamiento genital. Ahora tendré que machacar hormigas con el dedo para tranquilizarme, algo sin una identidad concreta pagará las consecuencias. Y todo por un idiota que no sabe nadar y guardar la ropa o, al menos, no ahogarse en el intento. La ambulancia se aleja a toda velocidad y yo por fin consigo eyacular, gracias a la visión de tres armónicos culitos en su inclinación perfecta.













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