Si me persiguen, me iré más al sur. VVAA.
El miércoles por la noche estuve en la presentación del libro, Si me persiguen, me iré más al sur, de ediciones RaRo. Participo en dicho libro con el relato titulado: En dos etapas. También escriben en él, Jaime Chavarri, Al otro lado; Mario Sanz Cruz, Plumas; Domingo López, Han pasado los años; Boni Loz, Atando cabos; F. Lefer, Sur o no sur; Carlos Gil Palomo, Desde el mar exterior hacia más allá de los bosques del árbol del incienso; José Pastor G., Cuaderno de un viaje por Marruecos. Desde luego, un libro muy recomendable.
Ingerí grandes dosis de alcohol, con lo cual la velada fue estupenda, pudiendo dedicarme en cuerpo y alma a mi otra gran pasión, las mujeres. ¿Qué más se puede pedir?
Mamás en topless
Me levanté por la mañana con una inesperada energía. Sin desayunar me lancé a la calle, como si realmente tuviera que ir a algún sitio a toda prisa. Mis pensamientos eran cortas ráfagas, que se extinguían rápidamente con un pensamiento distinto. Cabalgaba sobre las ideas, a lomos de infinitas cavilaciones, de trompicón en trompicón. Al mirar el reloj vi que sólo eran las nueve. Aceleré el paso sin ninguna necesidad, nadie me esperaba. Pese a lo temprano del día el sol caía a plomo sobre mi espalda. No corría ni una gota de aíre. Era una sensación opresora. Costaba trabajo hasta el respirar normalmente. Empecé a sudar unas gruesas gotas que me escurrían por todo el cuerpo. Me metí en un bar buscando un café con leche y un buen chorro de aíre acondicionado. También pedí media tostada de tomate, que me comí mientras hojeaba el periódico. Éste contenía varias páginas repletas de fotografías, del día anterior, de las playas de la provincia, llenas de personas tomando el sol o remojándose en el agua, de estupendas mamás en topless, que con sus piernas abiertas parecían incitar a una observación mucho más atenta de esas rajitas que se insinuaban bajo la humedecida tela del bikini. El verano parecía haberse instalado en Almería, definitivamente. Tanto calor me hacía sospechar que no era el mejor tiempo para encerrarse a escribir una novela y ésas fotografías parecían confirmar que lo que verdaderamente había llegado era la temporada de la jodienda.
Lo único malo de todo esto era que yo necesitaba escribir una maldita novela para poder seguir escribiendo. Resultaba un poco paradójico y lo sabía. Pero lo cierto es que no me apetecía seguir trabajando para nadie y la única manera que se me ocurría para subsistir, sin trabajar como esclavo asalariado, era escribiendo una maldita novela, que me abriera el camino para poder seguir escribiendo, donde y cuando quisiera, sin esas ataduras de un trabajo sedentario, con un deprimente y monótono horario, casi siempre abusivo. Si tenía que pasarme diez o doce horas diarias con la espalda agachada prefería hacerlo para mí, a mi propio ritmo y sin la tensión añadida de tener que gustarle a un jefe, que lo único que pretenderá, generalmente, es amargarte el día para sentirse él así un poco mejor, un poco menos mierda de lo que su propia razón le dice.
Fui dando un paseo hasta la playa. A esas horas ya había una numerosa cantidad de cuerpos despatarrados sobre las toallas y embadurnados con pringosos productos para intentar protegerse de aquellos abrasadores rayos solares, a los que se habían expuesto voluntariamente, y que caían sin piedad sobre ellos. Me senté en el paseo marítimo, en un banco a la sombra, para contemplar tranquilamente a toda aquella fauna que se desplegaba ante mis ojos. Me entretuve haciendo unas cuantas fotografías y tomando algunas notas fragmentarias en la libreta. Incluso imaginé a Georges Perec haciendo una exhaustiva enumeración de todos aquellos sucesos que se desarrollaban ante su muy experta y escrutadora mirada en acontecimientos insignificantes.
No te echaré de menos en septiembre (II)
Peggy había pasado su infancia y su adolescencia en colegios de monjas. Fue en estos, más que en la universidad, donde aprendió a ser una verdadera zorrita, como le gustaba decir de sí misma, a quien quisiera oírla. Así me lo dijo a mí, mientras me cantaba al oído, con la boca pegada a mi lóbulo, My Baby Just Cares For Me. Llevábamos ya más de media botella de White Label, entre pecho y espalda, y a ella le había dado por cantarme y soltarme, entre medias de canción y canción, trozos, breves retazos, de lo que hasta el momento parecía ser su vida. Subida a horcajadas sobre mis piernas, alternaba entre una canción y alguna breve descripción de su vida anterior, de sus amigos, de su familia y hasta de ese novio gilipollas del que había decidido poner un poco de tierra por medio. Por lo que había contado, yo también pensaba que su novio era un verdadero capullo, de esos al viejo estilo ejecutivo agresivo. Instintivamente, sin poder evitarlo, me gustó la idea de estar tirándome a su novia, de estar llenándola el coño con otro tipo muy diferente de capullo, polinizando su interior con un nuevo polen recién revitalizado y, para más gracia, en el flamante BMW del ejecutivo. Ella notó al instante la erección que me provocó el anterior pensamiento.
-¿Follamos?- preguntó.
-¿Por qué no? Aún no estamos en septiembre.
Una media sonrisa se perfiló en sus labios mientras acercaba lentamente su boca a la mía, mirándome fijamente a los ojos. Su aliento olía a juventud. A una endiablada juventud, que me la ponía dura como una piedra. Al llevar mis manos a sus pechos percibí la calidez de su piel, el fuego de ese volcán que llevaba en su interior, latiendo acompasadamente al ritmo de su vientre.
-Tócame el coño, lo tengo totalmente inundado. Siento que me voy a ahogar.
Apartó con un dedo el borde de sus bragas y condujo mi mano hasta su entrepierna. Hundí un par de dedos en su vagina y jugueteé un rato en su interior. Realmente estaba chorreando. La monté sin esfuerzo, mi polla se deslizó por sí sola dentro de ella, como si hubiera sido hábilmente succionada por aquellos suaves labios, que ahora la apretaban fuertemente en toda su extensión. Podía sentir sus contracciones en todo mi miembro, empezando por la punta para terminar en la base y después en dirección contraria, así sucesivamente. Me balanceaba dentro de su coño, bajaba y subía por esa montaña rusa de ardientes vísceras, podía hasta notar los más íntimos pliegues de su interior por esa presión que estaba a punto de hacerme estallar como a un colegial primerizo. Cuando sentí que me iba le susurré en el oído, medio cantando, con sofocado timbre de voz -no te echaré de menos en septiembre. Al oír eso Peggy se separó de mí, se arrodilló a mi lado llevándose la polla a la boca, donde terminé de correrme con una intensa descarga de toda esa puta metafísica que sólo servía para llenarme de acre sabor a bilis.
-¿Estás seguro de ello, de qué no me vas a echar de menos en septiembre?- Me preguntó Peggy, con los labios aun chorreando de toda mi metafísica.
-Sí-dije-, al menos eso dice la canción… Ya sabes la de los Años 80, la de Los Piratas.
-¿Con Amaral?
.-Sin Amaral, preferiblemente-. La atraje hacía mí y besé sus labios. Sentí el amargo sabor del semen en la boca, como reflejo de la propia vida.
-Ahora llévame a la playa, quiero hacer el amor contigo en el agua. Estamos en verano, luce el sol y yo sí te voy a echar de menos en septiembre-, dijo Peggy, dando un salto y tirando de mí para que me pusiera en pie. Una vez estuve levantado, me rodeo el cuello con sus brazos. Pensé que era agradable estar juntos, sin ilusiones, hasta que ella dijera adiós, en un día cualquiera de septiembre. Apreté su hermoso culo con mis manos, pensando que era el momento de ir hasta la playa, de fundir nuestros cuerpos en las aguas del aquel viejo Mediterráneo.
No te echaré de menos en septiembre
Mi nueva vecina se llama Peggy. Llegó de Madrid hace un mes y alquiló la casa justo al lado de la mía. Muy pronto entablamos conversación y nos tomamos unas cervezas en mi jardín, aprovechando el frescor del anochecer. Acabamos los dos borrachos, entre risas y los primeros besos terminaron por llevarnos hasta mi dormitorio. En los días siguientes recorrimos juntos el Parque Sobrenatural de Cabo de Gata-Níjar, con un disco del summer 2008 ibicenco metido en el mp3 de su coche. La mostré todos esos rincones por los que yo sentía una atracción especial y aquellos garitos donde merecía la pena detenerse a tomar una copa o reponer fuerzas con un vino y una buena tapa de la zona. Follamos en recónditas calas, acariciados por las mansas olas que llegaban hasta nosotros, tumbados sobre la arena recorríamos nuestros cuerpos, no sin cierta pasión y esa especie de violencia que genera el deseo aún no desgastado. Después volvíamos a San José, despidiéndonos hasta un nuevo día y cada cual se metía en su casa, con el cuerpo dolorido por todo el sexo del día, por los envites producidos por el pujante ritmo de nuestras caderas, por el fuego de nuestros sexos irritados por la erosión del salitre y de la arena mezclados con nuestros propios fluidos. La boca me sabe a tu coño, decía yo; mi boca me sabe a tu polla, me respondía ella antes de meterme su lengua y decirme que estaríamos juntos hasta septiembre, que después desaparecería para no volver más.
Nunca entenderé a Peggy, pensaba; pero mientras me la follaré de todas las posturas, por todos lados y lo mejor de todo es que después no sentiré su marcha, no me apenará su partida porque ya me sabré su cuerpo de memoria, porque ya estaré saciado de todo su ser.
Caderas caribeñas
Este viernes viene bien empezar con unas palabras de Pavese: El pecado no es una acción en vez de otra, sino toda una existencia mal trabada. Y digo yo, ¿qué existencia no está mal trabada? Vivir es estar en continuo pecado. Respiramos pecados, bebemos pecados, hablamos pecados, escribimos pecados. En lugar de follar, pecamos; nos relacionamos pecando… Somos unos grandísimos pecadores. Pecamos hasta cuando oímos Hey Jude, de los Beatles, aunque no nos estemos tocando, voluptuosamente, el paquete mientras observamos, demorándonos, esa figura que se acerca en bikini, por el medio de la calle, desafiando todas las miradas y contoneando el paso, con sensual ritmo de caderas caribeñas.
En otra entrada, de un día cualquiera, del diario de Pavese, anota éste: Entre las señales que me advierten de que se acabó la juventud, la suprema es darme cuenta de que la literatura ya no me interesa de veras. Quiero decir que no abro ya los libros con aquella viva y ansiosa esperanza de cosas espirituales que, pese a todo, sentía antaño. Leo y me gustaría leer cada vez más, pero no recibo ya como antaño las diversas experiencias con entusiasmo, no las fundo ya en un sereno tumulto prepoético. Lo mismo me ocurre al pasear por Turín; ya no siento la ciudad como un aguijón sentimental y simbólico para la creación. Ya está hecho, se me ocurre responder cada vez… Queda claro que ya no siento la vida como un descubrimiento y mucho menos por ende la poesía. A mí también se me debe de haber acabado la juventud, aunque aún me queden ganas de seguir pecando, de explorar esos cuerpos con sabor a salitre, recién salidos de las aguas del mar, envueltos únicamente por una sonrisa pecadora, libres aún de la vejez, de la monotonía del paso del tiempo.
Malos tiempos para la lírica
Malos tiempos para la lírica, cantaban Golpes Bajos allá por los 80. Hoy en día son malos tiempos para todo, incluso para pensar en levantarse. Total, para lo que vas a encontrar al otro lado de la puerta, si es que decides salir de la cama y exponerte a la visión decadente de la vida a plena luz del día. En estas situaciones la calma resulta fundamental. Qué la crisis te jode, pues permaneces en la cama, sin levantarte ni para comer, ni para ir al cuarto de baño, ni para contestar el teléfono. Ante todo calma, tranquilidad, quietud espiritual y algún que otro documental sobre los Illuminati o sobre la Profecía mayas del 2012. También podemos probar a reactivar algunos de nuestros chakras –o todos-, respirando profundamente por la nariz, abultando el abdomen, y después soltando el aire, lentamente, por la boca o a practicar algo de sexo tántrico, aunque mucho me temo que esto último no se pueda hacer en esa estricta soledad deseada, ni siquiera con la desinteresada colaboración de algún que otro heterónimo, dispuesto a echarnos una mano o a poner la boca en forma de o oclusiva.
¿Qué nada de lo anterior alivia esa creciente sensación de ansiedad alimentada por la crisis? Entonces es que ha llegado el momento de crear un blog, de poner un blog en tu vida. En él podrás incluir ociosos poemas, canciones de los 80 y hasta algún que otro vídeo sobre los Illuminati, si es que te va el rollo conspiranóico y de verdad odias el pútrido sistema del que formas parte. Incluso puedes escribir un post que se titule: Malos tiempos para la lírica.
Yo me voy a practicar un poco de sexo tántrico, y de paso a abrir mis chakras, con mi nueva vecina, que también es de Madrid, curiosidades de la vida.
Noche de San Juan
Sufriendo una año más la noche de San Juan, a toda esa gente llenando la playa, con montones de madera para quemar en grandes hogueras que subirán unos cuantos grados la temperatura de la noche, de esta maldita noche que se repite cada año, invariablemente. Dentro de poco empezarán a actuar los grupos musicales que este año han sido invitados a tocar en el escenario que han montado en el paseo marítimo y con ellos llegará el ruido. Una furiosa mezcla de ritmo y contaminación acústica inundará todos los rincones de este pequeño pueblo, cada día más insoportable y más invadido por la fauna más variada de todo tipo de impresentables. Y yo permaneceré en mi casa, escribiendo líneas como ésta en la pantalla del ordenador, sin saber si no sería mejor dejar de apretar tanta tecla, ponerme los pantalones y salir a patear el ambiente festivo y hasta quizá hacer fotografías de todas esas personas siguiendo una antigua tradición de purificación a través del fuego y del sexo, del agua y del alcohol, de la luna y de las drogas, del amor y de la desesperación; aunque después todo acabe resumiéndose en intentar follarse a algo o alguien. Unos lo consiguen y otros no. Hay purificación o no la hay. Unos follan y otros se tienen que contentar con cascársela, odiándose un poco más que hace una horas por ser tan feos o tímidos. De todas maneras, dicen que lo importante es participar, intentarlo, aunque todo termine en una simple masturbación sobre la húmeda arena de la playa, oliendo unas bragas perdidas por cualquier despistada, con el olor de su excitado sexo aún adherido a ellas y encontradas, por casualidad, en el momento más álgido del clímax producido por la auto estimulación genital y con los primeros rayos del sol iluminando, tenuemente, los esparcidos restos de la noche, las vomiteras soltadas en cualquier parte del paisaje matinal. Voy a salir a dar una vuelta.
Segundo día de verano
No puedo evitar sonreír irónicamente cuando por la imaginación empieza a rondarme algo así como la idea de una acuciante necesidad de comenzar a escribir inmediatamente, como si en estos momentos pudiera expresar algo coherente, y hasta me siento tentado de sentarme frente al ordenador, e imaginar mi repentina necesidad de escribir como propio material de escritura. Después he escuchado una bonita canción y algo se ha removido en mi interior, automáticamente. Me he dado cuenta que no soy perfecto y que por el contrario me falta mucho para considerarme una buena persona. La canción ha finalizado y yo he continuado pensando más o menos lo mismo. Después ha sonado otra canción, también de las que conectas con ella instintivamente, sin el menor esfuerzo intelectual, una canción de Mundo Livre SA, Lounge brasileño. Me pongo a pensar que si el diablo fuera el bueno y dios el malo quizá existiría mucha más justicia que la que hemos tenido hasta el momento. Además, los verdaderos malos, deben de pintar a los buenos como malos; imagino que yo lo haría, más que nada por despistar un poco o por ser un poco más malo, que demonios, ya puestos… El sonido de Slayer siempre me ha traído a la mente al Papa, a cualquiera de ellos, por eso he pensado ahora mismo en Ratzinger y en los buenos malos y en esa Stairway to Heaven sin peldaños, ja. Y yo sin whisky, como los niños buenos, escribiendo directamente en el ordenador, cosa rara en mí (escribir).
En el ordenador, a parte de lo que escribo y de la música, tengo una reducida videoteca de porno, a la que actualizo regularmente por eso de la variedad y de no repetir demasiado con la misma pornostar, quizás por temor a enamorarme o a ser fiel, innecesariamente. Resumiendo, que el ordenador para mí es como la Santísima Trinidad: escritura, música y sexo enlatado, todo reunido en un sólo y verdadero aparato, a golpe de tecla. Viendo uno de esos vídeos, llegué a la conclusión de que no es aconsejable hablar cuando te están haciendo una fellatio, lo único que se consigue con ello es desconcentrar a nuestra acompañante ocasional, al tener que atender ésta a dos cosas al mismo tiempo, succionar y escuchar, con la notoria perdida de intensidad en la primera de ellas. En el fondo deberíamos hablar, y escribir, menos. Vamos, vivir más la vida, sabiendo quienes son los buenos y quienes los malos; o sin saberlo, pero intentándolo.
Meditación, sexo y coños
La pulsión erótica del verano está aquí: en cada uno de esos culos en pompa que se exhiben ante mis ojos, en los escotes que no esconden absolutamente nada, en las caipirinhas heladas que no hacen otra cosa que subir mi temperatura interior, en la música que escucho apoyado en la barra del Plátano Azul, –Bowie, Pixies, McFadden & Whitehead, The Ronettes,..- mientras deslizo mi mano por una entrepierna recién depilada, palpitante y sudorosa. Medito con mi cabeza metida entre tus muslos, sorbiendo despacito, reteniendo el aliento y deslizando la lengua al ritmo de Rock the cashbah.
Hacia un saber sobre el alma
Quizás hoy sea un buen día para leer Hacia un saber sobre el alma, de María Zambrano y reflexionar sobre sus palabras:
Escribir viene a ser lo contrario de hablar; se habla por necesidad momentánea inmediata y al hablar nos hacemos prisioneros de lo que hemos pronunciado, mientras que en el escribir se halla liberación y perdurabilidad –sólo se encuentra liberación cuando arribamos a algo permanente-. Salvar a las palabras de su momentaneidad, de su ser transitorio, y conducirlas en nuestra reconciliación hacia lo perdurable, es el oficio del que escribe.
Más las palabras dicen algo. ¿Qué es lo que quiere decir el escritor y para qué quiere decirlo? ¿Para qué y para quién?
Saber/alma/perdurabilidad… Lo único permanente que se me ocurre es la muerte, esa absoluta soledad hacia la que tiende la vida, segundo a segundo. Mientras tanto, quiero pensar que escribo para ti, a quien no conozco. Tal vez así logre perdurar, escribiendo, conociéndome, conociéndote y engañándonos mutuamente, con eximia cordialidad, en nuestra forma de no saber nada, de adentrarnos, a cada nuevo instante, en esa oscura perdurabilidad.













